Jimena Guevara
En junio del 2018, hace más de dos años, un Christian Cueva aparentemente nervioso fallaba un penal clave en un partido del mundial Rusia. Al día siguiente en la universidad, el tema de conversación iba en torno a ello, y fue inevitable utilizar esta pseudo-manía o habilidad que tenemos los psicólogos para analizar los hechos desde una mirada inconsciente o de información desconocida para la propia persona.
Tras varias hipótesis compartidas entre alumnos y profesor, aterrizamos en el miedo al éxito. La impresión de la mayoría fue de desconcierto, pues no tendría sentido tener motivos para temer ser exitoso. Sin embargo, exploramos lo que subyace a tener éxito en la vida.
Antes es importante reconocer la tendencia próspera de preguntar e interesarse por el éxito. Cuando se aplica una política pública, meses después uno se pregunta si fue exitosa. Lo mismo con las vacunas del coronavirus actualmente, uno quiere saber si tendrán resultados, o las típicas películas de superhéroes donde uno espera que gane el bien. Mencionando esto último, vale acotar que entre los 7 y 11 años hay una tendencia natural de los niños donde sus juegos, a modo aleatorio, consisten en dos bandos enfrentados, el bien vs. el mal, y que el bien tiene éxito. De ahí que muchos niños se identifiquen con superhéroes: se aproximan al lado victorioso de la batalla.
Pero, ¿Qué implica lograr los objetivos que uno desea? De entrada, significa la posibilidad de fracasar, de que el futuro juegue en contra y las cosas no salgan. Hay una especie de fracaso dado por la no-acción, la inamovilidad. Y hay otro tipo de fracaso, donde el resultado adverso cae de improviso, y eso implica estrellarse con preguntas como ¿Habré hecho lo suficiente? ¿Fui ingenuo al creer que podía? ¿Qué debí haber hecho diferente? El fracaso implica anteponerse a preguntas duras de uno mismo, y mientras más uno gana más tiene por perder. Ahí habría un primer motivo que a algunos podría colocarlos en el miedo al éxito.
Entre otros motivos, podemos encontrar la posibilidad de que ser exitoso lo coloque en el spotlight, el centro de luz, al medio del torbellino. Ser el foco de atención implica una gran cantidad de miradas volcadas sobre uno, además de las responsabilidades que se otorgan. Sin mencionar las expectativas, que pueden traspasar de largo a las funciones. Hacer mucho se vuelve poco. Asimismo, puede existir miedo de dejar atrás a personas queridas que no siguen el ritmo, miedo al qué dirán, a las envidias, o que personas se alineen con uno únicamente por motivos utilitaristas que carezcan de emocionalidad.
Interiorizado este mejunje de análisis, recordé automáticamente la sensación que he tenido en casi toda clase de historia del Perú desde el colegio. La sensación de por qué se hicieron las cosas como se hicieron. Por qué los pactos siempre terminaban desfavoreciendo al Perú. El ejemplo gráfico más reciente es el pacto con Odebrecht, circulado semanas pasadas, donde 80% de las obras ejecutadas no serían procesadas, en conjunto de los beneficios económicos cedidos. Más allá de los entramados políticos subyacentes, ¿Por qué repetimos la historia?
Pienso que tal vez hay una -mala- suerte de inconsciente colectivo a nivel país que nos hace tener miedo al éxito por la gran potencia que podríamos ser. Pero, lamentablemente parece que cada 5 años alimentamos ese espectro fantasmagórico, y que por culpa del mandatario que tenemos hoy ese futuro será por sentado.