Se miran sin internet. Juegan sin internet. Ríen sin internet. A casi 700 km. de la ciudad de Iquitos en el distrito de Andoas en la provincia de Datem, decenas de niños no saben lo que es estar conectados, no a una red de redes al menos. Su conexión es bastante especial, responde a emociones y no necesita de la fibra óptica para tocar tus más sensibles fibras. Hace algunos días tuve el regalo de compartir junto a un grupo de escolares que no son nativos digitales, son nativos de la comunidad Nuevo Andoas, un lugar pequeño y olvidado en el verde de nuestra Amazonía. Allí muchos sino todos son felices sin Internet.
Siempre me ha sorprendido la destreza con la que los más pequeños se relacionan con la tecnología. Bebés y niños que usan tablets y smartphones mejor que varios adultos que conozco. Buscan vídeos de Peppa Pig en Youtube. Se vacilan con el Chuchuwa de un pintoresco payaso. Descargan aplicaciones que no sabes cómo rayos aparecieron en tu dispositivo. Manejan cuentas en redes sociales con o sin la aprobación de sus padres. Y se comunican a través del texting y el emoticón. Nunca nadie les enseña cómo y sin el mayor esfuerzo se convierten en expertos. Hace falta babero cuando somos testigos de estas proezas y muchas veces hasta aplaudimos. Sin embargo, hoy quiero celebrar a otros niños y sus costumbres.
Los pequeños de Andoas no me agregaron a Facebook, no me escribieron a whatsapp y tampoco me preguntaron por las novedades en Twitter, ni enterados están de su existencia. No tenían la mirada pegada a algún dispositivo, me miraban con ternura y curiosidad siempre directo a los ojos. No me googlearon para saber quién era y qué hacía, sólo tomaron mi mano y me invitaron a bailar. Es difícil mirar hacia afuera, muchas veces nos zambullimos en nuestros problemas. Ellos, en cambio, me enseñaron a jugar "resistencia", el desafío de zambullir la cabeza dentro de un balde y contar los segundos mientras aguantas la respiración. Me conmovió verlos jugar con tan poco. Y me avergonzó pensar que su todo era poco.
Quiero regresar al baile. Mientras sonaba una melodía alegre y trataba de llevarles el paso, entendí porque son tan felices. Su mente no está ocupada, como la nuestra, pensando en lo que no tenemos. Se enfocan en lo que la vida les da y eso es suficiente. Existe un universo de personas que aún no "goza" de los beneficios de la Internet, las nuevas tecnologías y los avances de la era digital, pero eso no los inmuta. A quien dejaron sin palabras, en ese entonces, fue a mí. Agradezco esos días lejos. Viaje hasta Loreto para hacer un reportaje sobre educación pero fueron ellos los que me dieron una importante lección. Nacemos todos iguales y el resto es aprendido. Aquello que consideramos necesario puede ser prescindible. ¿Cómo sería tu mundo sin conexión? ¿Puedes imaginarlo? ¿Te gustaría? Es inevitable hacernos esta pregunta sin sentir angustia y preocupación. Quizá es momento de bajar la guardia, de mirarnos más y de bailar. Respira. Es posible vivir feliz sin conexión. Durante esos días, yo tampoco tuve Internet y también fui feliz.
@Mirthaibanez
