De la infiltración política al control total: la ruta que debemos desmantelar antes de que sea irreversible
¡Perú se desangra frente a nuestros ojos! Lo ocurrido ayer, 18 de febrero de 2026, con la elección por parte del Congreso de un presidente interino de izquierda radical, no es un accidente ni una anomalía pasajera: es la culminación deliberada de la venezualización del Perú, y ahora con el sello ideológico cubano que ha venido marcando el destino de nuestra patria desde hace años.
En un acto político profundamente controversial, el Congreso peruano eligió como nuevo presidente interino a José María Balcázar, un parlamentario de izquierda con una trayectoria polémica, respaldado por sectores radicales y cuestionado por posturas impropias incluso para un legislador. Su elección se produjo apenas un día después de que el presidente interino José Jerí fuera destituido tras apenas cuatro meses en el ejercicio del poder por investigaciones de reuniones no declaradas con empresarios y acusaciones de tráfico de influencias.
La “Venezualización del Perú” no es una consigna retórica ni un recurso alarmista sin fundamento. Es un concepto político que describe un proceso progresivo de deterioro institucional, captura ideológica del Estado y erosión sistemática de la economía de mercado, bajo una narrativa populista que promete justicia social mientras consolida estructuras de control. Cuando a ese fenómeno se le añade el componente “a la cubana”, el análisis adquiere una dimensión aún más profunda: no se trata solo de crisis económica, sino de un rediseño estructural del poder.
Este contexto de caos político refleja que ya no estamos ante meros cambios de gobierno: estamos frente a la entronización de una narrativa política que busca transformar al Perú desde adentro, siguiendo el guion de quienes aspiraban a que este país se convirtiera en una “segunda Venezuela” en Sudamérica —una idea promovida por regímenes que ven en nuestra nación un terreno fértil para su ideología.
La historia reciente no deja lugar a dudas: tras años de crisis institucional, destituciones sucesivas y fracturas políticas, la estabilidad y la legitimidad democrática han sido sacrificadas en el altar de acuerdos partidarios y estrategias de poder.
Perú, faro de estabilidad económica y crecimiento en la región, hoy es un campo de batalla donde las facciones se disputan el control del Estado: fragmentación política, congresos en constante peligro de colapso, presidentes que no terminan sus mandatos y el desprestigio de las instituciones. Este desorden no es azaroso. Es consecuencia de una estrategia ideológica que degrada la división de poderes, debilita la autoridad presidencial elegida y deposita todo el poder en legisladores que actúan como señores feudales de la política nacional.
La venezualización a la cubana es especialmente peligrosa porque no solo busca la crisis económica o política —eso ya lo hemos visto repetidamente— sino la reconfiguración del pensamiento colectivo, el ataque al centro democrático y la exaltación de soluciones estatistas radicales. Donde antes se hablaba de desarrollo con libertad, ahora se vende la ilusión de “justicia social” como pretexto para controlar la economía y cooptar a la sociedad civil. La verdadera justicia social jamás se construye abriendo puertas a políticas que destruyen la iniciativa privada, ahuyentan la inversión y dividen a la sociedad en bandas ideológicas irreconciliables.
Lo que sucede hoy en Perú es responsabilidad de quienes, desde dentro y desde fuera, han animado esta espiral: quienes ideológicamente anhelan modelos de poder salvaje, donde el Estado domina cada aspecto de la vida y redefine lo que significa gobierno legítimo y soberanía popular. Ya hemos visto con Venezuela cómo se destruyen las libertades una a una; hemos visto con Cuba cómo se reescribe la conciencia social a través del control absoluto. Combinar esos dos procesos en un solo país es una amenaza que va más allá de la economía: es una amenaza al alma del pueblo peruano.
¡Basta de excusas! La crisis no es temporal. Las elecciones interinas, los presidentes efímeros y las cámaras fragmentadas no son síntomas aislados. Son manifestaciones de una venezualización ideológica que se revistió de cubanismo político porque no solo busca debilitar la economía, sino ateizar conflictos, fragmentar la sociedad y arrinconar a los sectores democráticos y liberales.
Perú puede y debe rehusarse a este destino. Pero para ello hace falta algo más que críticas tibias: se requiere una movilización popular consciente, una defensa frontal de la institucionalidad republicana y un rechazo absoluto a quienes promueven el caos como método para acceder y conservar el poder. La venezualización a la cubana no será derrotada con fragmentación: solo con unidad alrededor de los valores esenciales de libertad, mercado y respeto a la ley.
Perú todavía puede retomar su rumbo. Pero el tiempo para elegir entre la decadencia y la renovación se está agotando. Porque mientras unos apuestan por un modelo insostenible y ajeno a nuestra realidad, otros luchamos por rescatar el verdadero espíritu de nuestra nación.
DEBEMOS, DE MANERA URGENTE, DESACTIVAR LA MAQUINARIA RADICAL ANTES DE QUE CONSOLIDE UN ESTADO CAPTURADO POR LA IDEOLOGÍA SOCIALISTA.
Dardos
"El voto de la familia popular de emprendedores, va a dirigirse al candidato que ofrezca menos, menos regulaciones y tramitología q les permita trabajar".