El Perú, uno de los países con mayor expectativa por parte de los grandes grupos económicos del mundo, destaca en su solidez macroeconómica en el último año se creció por encima del 3% del PBI, el banco central de reserva peruano, en su posición geopolítica estratégica, en su estabilidad exportadora y en otros elementos que hacen que los países de todo el mundo pongan sus ojos en nuestro país.
Sin embargo, el Perú vive hoy en una constante crisis política de la que no ha podido superarse desde hace 10 años. En este periodo se ha entronado un "régimen parlamentario mercantilista de facto", donde importan más las cuotas de poder relacionadas a la ejecución de presupuestos públicos que aquellas que permitan equilibrar al Estado con partidos políticos que buscan ser actores mediante peso político real, y no mediante votos de "congresistas laxos" cuyo objetivo es manejar fondos públicos y hacer negocios.
La tecnocracia que viene desde la salida del régimen de Fujimori es una de las principales causas de esta situación. Este grupo de tecnócratas con tendencia progresista y de izquierda ha gozado de las bonanzas económicas. Sin embargo, un país siempre necesitará cuadros políticos para representar a los ciudadanos, equilibrar el poder de las autoridades de turno y negociar los intereses nacionales. Así, otro de los principales problemas —que no solo afecta al Perú— es la "satanización de lo político".
Hoy, el Perú se ve inmerso en un proceso electoral con 36 candidatos a comparación del año 2021 que fueron 20 candidatos a la presidencia y una larga fila de aspirantes a senadores y diputados. Ninguno quiere ser identificado como político, y sus mensajes atacan el actual sistema; sin embargo, todos buscan tener un puesto el 12 de abril de 2026 para obtener cuotas de poder y negociar durante cinco años sus intereses propios y los de quienes han financiado sus campañas.
¿Por qué no se sale de la crisis?
La crisis política es resultado de un conjunto de malas decisiones de los gobiernos de este siglo. Para empezar, el diseño de la descentralización en el gobierno de Toledo estuvo pésimamente elaborado. Mediante la ley de gobiernos regionales se creó un sistema que dio competencias a los "Presidentes Regionales" (hoy gobernadores) que prácticamente los hacían intocables. Hoy, muchos de esos "presidentes regionales" están en el congreso o en la cárcel (y los que están en el congreso han tenido denuncias por montón). El propio sistema insertó pillos en los gobiernos regionales, empoderándolos para construir proyectos políticos personalistas, mercantilistas y carentes de elementos ideológicos. Tres de los mejores ejemplos son Martín Vizcarra, César Acuña y Vladimir Cerrón, todos con bastantes cuestionamientos éticos y jurídicos.
El segundo punto es que la derecha peruana carece de liderazgo y protagonismo en el sistema de partidos desde hace muchas décadas, y está totalmente quebrada desde inicios de este siglo. Con un mensaje negativo sobre la libertad de empresa, muchos caudillos regionales persuadieron a la población de que la centroizquierda era de derecha. Estos grupos han gobernado los últimos años, fraccionando no solo la política peruana sino también la sociedad y sus instituciones, las cuales ahora se han vuelto débiles y laxas tras haber sido instrumentalizadas para apetitos políticos particulares.
Este proceso electoral 2026 muestra las mismas características: 37 partidos, casi 13,000 aspirantes a diferentes cargos del ejecutivo y legislativo peruano, lo que refleja un fraccionamiento completo del sistema de representación. La mayoría de postulantes tiene poco o nulo conocimiento de política.
"Tirar la banda por el balcón"
Cuenta don Ricardo Palma en sus Tradiciones Peruanas que el presidente interino Justo Figuerola, agobiado por la inestabilidad política en 1843, renunció al poder tras la presión de diferentes grupos de interés. Ordenó a su hija que tirara la banda presidencial por el balcón de su casa, rodeada entonces por gentes en protesta. Con este acto, Figuerola se deshacía de la responsabilidad del gobierno.
Algo similar ocurre hoy: la institución de la presidencia peruana ha tirado la banda —símbolo de la majestuosidad presidencial— a las diferentes gavillas de caudillistas, a un parlamento que busca sus propios intereses y a diversos grupos de poder, peruanos y extranjeros, que desde hace años ponen y quitan presidentes.
Buscando la luz al final del túnel
Podemos afirmar, entonces, que la actual crisis política en el Perú está vinculada a un conjunto de elementos, hechos y sucesos acumulados en estas dos décadas y media. Si la próxima administración y el parlamento elegidos el 12 de abril de 2026 no buscan corregir lo que han hecho los pillos que manejaron al país en los últimos quinquenios, seguiremos en esta crisis. Si el Perú quiere encontrar la luz al final del túnel, los peruanos deben elegir autoridades con criterio de apertura al diálogo y con conocimiento del problema real.
La otra esperanza es tener un gobierno en cuyos valores esté el desarrollo real del Perú, y no la construcción de mensajes de odio y resentimiento contra Lima, narrativa que la izquierda peruana ha impulsado en los últimos procesos electorales, se requiere fortalecer partidos políticos reales en el Perú, la despotilización de los gobiernos subnacionales, y una real profesionalización de la gestión pública.
En las próximas semanas veremos si el Perú, aliado estratégico para cualquier país de la región, supera esta crisis o continúa en esta inestabilidad. Debemos darnos cuenta de que el modelo económico peruano, que es su gran fortaleza, ya podría tambalear ante tantas fisuras políticas.