Punto de Encuentro

El mito del endose: ¿Pueden los líderes políticos trasladar votos en el Perú?

En el Perú, en cada segunda reaparece una vieja ilusión política: creer que los líderes pueden “trasladar” automáticamente sus votos hacia otro candidato. Esta semana hemos visto nuevamente ese fenómeno. Ricardo Belmont afirmando que el electorado de Obras respaldará a Sánchez; Rafael López Aliaga señalando que no votará “por el comunismo ni la izquierda”; Marisol Pérez Tello anunciando públicamente su apoyo a Sánchez; mientras otras figuras, como Nieto, llaman al voto en blanco.

La pregunta es inevitable: ¿realmente los líderes políticos tienen capacidad de endose electoral en el Perú? La experiencia peruana demuestra que muy poco.

En países con partidos sólidos y electorados ideológicamente disciplinados como Uruguay, Chile o España, los respaldos políticos sí pueden influir de manera importante. Allí los partidos tienen estructuras, identidad y votantes relativamente fieles. Pero el Perú dejó atrás ese modelo hace décadas.

Desde el colapso del sistema partidario en los años noventa, el voto peruano se volvió fragmentado, emocional y profundamente personalista. El elector no vota necesariamente por partidos; vota por percepciones, rechazos, coyunturas o liderazgos momentáneos. Por eso, cuando un político anuncia públicamente su respaldo a un candidato, en realidad no “transfiere” votos: apenas envía una señal política. Y muchas veces ni siquiera eso.

La historia reciente lo demuestra. En el 2011, sectores del aprismo terminaron divididos pese al respaldo indirecto hacia Keiko Fujimori. En 2016, buena parte del antifujimorismo apoyó a Pedro Pablo Kuczynski, pero no existió un traslado automático de votos. Y en 2021, pese al respaldo de figuras liberales, empresariales y tecnocráticas a Keiko Fujimori frente a Pedro Castillo, el país terminó prácticamente partido en dos.

Eso ocurre porque el votante peruano es cada vez más autónomo y menos obediente frente a las élites políticas.

Doctrinariamente, el endose funciona cuando existen tres elementos: liderazgo fuerte, disciplina partidaria y afinidad ideológica. El Perú carece hoy de los tres. La mayoría de partidos son apenas vehículos electorales temporales. Muchos dirigentes tienen notoriedad mediática, pero no control real sobre sus simpatizantes. Además, las identidades ideológicas son débiles y contradictorias.

Un votante de López Aliaga puede coincidir con posiciones conservadoras, pero discrepar completamente en economía o gestión pública. Un simpatizante de Belmont puede sentirse más identificado con un discurso antisistema que con una propuesta doctrinaria concreta. Y un elector de centro puede terminar votando simplemente por rechazo al otro candidato. Por eso, el verdadero efecto de estos supuestos endoses no es matemático, sino emocional y simbólico.

Cuando López Aliaga afirma que no respaldará “al comunismo”, probablemente no está trasladando votos, pero sí está reforzando un discurso de polarización ideológica. Cuando Marisol Pérez Tello anuncia que votará por Sánchez, quizá no mueve grandes cantidades de electores, pero sí ayuda a construir una narrativa de moderación democrática. Y cuando Nieto llama al voto en blanco, más que ordenar conductas electorales, expresa una posición ética frente a la oferta política. En el fondo, estos respaldos sirven más para construir relatos que para mover porcentajes decisivos.

Existe además un elemento jurídico importante: el voto en el Perú es libre, secreto y personalísimo. Ningún líder político puede comprometer electoralmente a sus seguidores. A diferencia de los sistemas parlamentarios europeos, donde las coaliciones suelen implicar disciplina partidaria, las alianzas peruanas son frágiles, coyunturales y esencialmente mediáticas.

Las propias encuestas muestran que buena parte del electorado decide su voto en las últimas semanas, e incluso en los últimos días, muchas veces contradiciendo las recomendaciones de sus referentes políticos.

Por eso los líderes suelen sobreestimar enormemente su influencia. Creen tener “bolsas de votos” transferibles, cuando en realidad poseen apenas capacidad limitada de persuasión sobre ciertos sectores específicos, olvidan que el elector peruano escucha, evalúa, compara… y finalmente decide solo.

Quizá por eso el término “endose” resulta exagerado para la realidad peruana. Lo que existe, en verdad, es una orientación política referencial. Los dirigentes no trasladan automáticamente votos; apenas ayudan a moldear percepciones dentro de una elección que termina definiéndose por factores mucho más amplios: miedo, rechazo, economía y emociones colectivas.

La segunda vuelta peruana no se gana únicamente sumando respaldos políticos. Se gana conquistando directamente a un electorado que hace mucho tiempo dejó de obedecer disciplinadamente a sus dirigentes.

NOTICIAS MAS LEIDAS