Por Chengzun Pan
El 26 de septiembre de 2026 fui invitado a acompañar, como especialista, al grupo de exploración de la historia y las civilizaciones andinas de la revista National Geography of China. Nuestra primera visita fue a Caral, al norte de Lima. Aquella tarde, sobre la terraza desértica, contemplando las pirámides, las plazas y el verde valle del río Supe a lo lejos, cinco mil años de historia adquirieron de pronto una forma casi tangible.
Cuando se habla del Perú, muchas personas piensan primero en el Imperio inca y en Machu Picchu. Sin embargo, los incas representan un capítulo relativamente tardío de la larga historia de esta tierra. Hacia el año 3000 a. C., Caral ya contaba con planificación urbana, grandes edificios públicos, división social del trabajo y redes de intercambio entre regiones. Las raíces de la civilización peruana son mucho más profundas de lo que solemos imaginar.
En 2009, la Ciudad Sagrada de Caral-Supe fue inscrita en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO. Esta organización la describe como un sitio de cinco mil años de antigüedad y reconoce su importancia como no solamente uno de los primeros centros de civilización de América, sino el mundo. Este reconocimiento internacional incorporó el legado milenario del Perú a la memoria compartida de la humanidad y dio un sólido fundamento arqueológico a su lugar entre los países de antiguas raíces civilizatorias.
En sentido estricto, las Naciones Unidas no han otorgado al Perú un título de «país de civilización milenaria». Pero el reconocimiento de la antigüedad y el valor de Caral demuestra que, en aquella Sudamérica que los europeos llamarían después el «Nuevo Mundo», las sociedades humanas ya habían desarrollado de manera independiente un camino hacia una civilización compleja. La participación de esta tierra en la historia de la humanidad no comenzó con la llegada de los españoles.
Quienes devolvieron esta historia a la mirada del mundo fueron la arqueóloga peruana Ruth Shady y su equipo. En 1994 iniciaron una investigación sistemática del valle de Supe, seguida de excavaciones sostenidas. Los estudios de datación por radiocarbono publicados en 2001 aportaron importantes pruebas científicas sobre la antigüedad de la ciudad. Aquellos montículos que antes parecían comunes fueron revelando, poco a poco, los vestigios de un antiguo centro urbano.
Al recorrer el sitio, uno de los aspectos que más me impresionó fue la forma en que sus habitantes organizaron el espacio. Construyeron los principales edificios sobre una terraza desértica y reservaron las tierras fértiles del valle para la agricultura. Los pobladores cultivaban algodón y otros productos, que intercambiaban por pescado y recursos marinos con las comunidades de la costa. El algodón servía para fabricar redes de pesca, mientras que las capturas abastecían a las poblaciones del interior. Agricultura y pesca se sostenían mutuamente y proporcionaban una base para el desarrollo urbano.
La gran pirámide que teníamos delante estaba formada por plataformas superpuestas. No era una tumba al estilo de las pirámides egipcias, sino una construcción vinculada con actividades públicas y ceremoniales. Para ejecutar una obra de semejante magnitud era necesario organizar trabajadores, distribuir materiales y asegurar alimentos. Detrás de aquellas piedras y de aquella tierra existía una capacidad de organización social que superaba ampliamente la de una aldea.
Los constructores también colocaban piedras dentro de bolsas tejidas con fibras vegetales para rellenar las plataformas. Esta técnica, conocida como shicra, facilitaba el transporte de los materiales y, según los investigadores, pudo contribuir a amortiguar los efectos de los sismos. Sin herramientas de hierro ni maquinaria moderna, aquellas personas recurrieron a la observación, la experiencia y la cooperación para adaptarse a su entorno.
La plaza circular hundida de la ciudad baja nos permitió acercarnos a la vida espiritual de Caral. Allí se encontraron flautas de hueso y cornetas, testimonio de la presencia de la música en las ceremonias públicas. Mientras los integrantes del grupo escuchaban al guía hacer sonar una réplica de un silbato de hueso, parecía que la antigua ciudad recuperaba su voz en medio del desierto. Hace cinco mil años, sus habitantes también construían vínculos mediante reuniones, música y creencias compartidas.
El valor de Caral se manifiesta precisamente en estas formas concretas de vida. Nos permite comprender que una civilización no se define únicamente por la escritura, los metales o los nombres de grandes dinastías. También se expresa en la manera de organizar la producción, construir ciudades, intercambiar bienes y afrontar colectivamente las condiciones de la naturaleza.
Desde Caral hasta las posteriores culturas andinas y el Imperio inca, esta tierra acumuló experiencias y creó nuevas formas de organización social y expresión cultural. Por supuesto, no podemos representar civilizaciones separadas por miles de años como una línea continua y sin rupturas. Sin embargo, el conocimiento del territorio, la experiencia agrícola y la capacidad de realizar obras colectivas forman parte del profundo legado cultural del antiguo Perú.
El orgullo de los peruanos de hoy encuentra así raíces más amplias. Machu Picchu despierta admiración; Caral lleva nuestra mirada hacia un origen mucho más remoto. Recuerda a las nuevas generaciones que sus antepasados dejaron una contribución propia de América en el desarrollo de las primeras civilizaciones del mundo.
Ese orgullo también necesita protección. Además de investigar, Shady y su equipo han debido afrontar durante años problemas de ocupación de terrenos y conservación del sitio. Descubrir una ciudad antigua no garantiza que permanezca a salvo para siempre. Proteger su autenticidad y permitir que las próximas generaciones conozcan este patrimonio es una responsabilidad que corresponde a quienes vivimos hoy.
Al dejar Caral, pensé que cinco mil años de historia son mucho más que una cifra para promocionar un destino. Representan la sabiduría que sus antiguos habitantes dejaron entre el desierto y el valle, la perseverancia de décadas de trabajo arqueológico y una base para que un país comprenda sus propios orígenes.
El Perú tiene razones para sentirse orgulloso de este legado milenario. Porque hace cinco mil años, los habitantes de esta tierra ya habían comenzado a aportar sus propias respuestas al desarrollo de la civilización humana.