A pesar de que una veintena y más de partidos nacionales, están entrando a competir con miras al proceso electoral de abril del próximo año, los estudios de opinión siguen mostrando a ciudadanos con un evidente malestar y descontento con el actual sistema político.
“No estamos a la altura de los enormes desafíos que nos plantea el siglo XXI; lamentablemente, pese a tener un Estado de Derecho, todavía tenemos, por ejemplo, una justicia engorrosa que cuesta mucho, por ello hay que profundizar el cambio en el sistema de leyes y hacer profundas reformas en el Estado; estos cambios no sólo competen al Ejecutivo, sino también al sistema jurídico, al de partidos políticos y al Parlamento. Hay que crear una institucionalidad más eficaz”- dijo el Ex Presidente Fernando Enrique Cardozo en una de sus visitas al Perú. Estas afirmaciones coinciden con una apreciación generalizada de que el concepto de orden y autoridad (también la autoridad moral) atraviesa uno de sus peores momentos, que estamos realmente frente a una “desconstrucción” institucional porque éstas (las instituciones) se han ido alejando y diluyendo paulatinamente de la dinámica social y humana.
Es una suerte de “descivilización”, una involución en dirección a niveles de desgobierno, donde se evidencia la pérdida de capacidad para ejercer autoridad y un sentimiento social generalizado de desprotección e impotencia, pues la gente dice que el Estado ya no les garantiza el orden, la seguridad y hasta la propiedad, lo cual unido a los todavía pobres resultados visibles de la microeconomía, se convierte en una especie de tsunami antidemocrático. La política aparece entonces, encerrada en un marco de inoperancia, agotándose en sí misma, en un puro juego de poder entre grupos de intereses específicos y mezquinos, mientras los procesos sociales -los de la vida de la gente común-se generan y se desarrollan en otros ámbitos, fuera del control y de la gestión política tradicional.
Es peligroso comprobar que la mayoría de los actores políticos parece que sólo se intercambian sus roles y se mueven de lugar con el único propósito de seguir ocupando un espacio. Parece ser un mismo escenario, donde sólo actúan aquellos que el propio sistema admite. Por eso surge la inquietud sobre cuánto tiempo más soportará el andamiaje democrático actual, antes que un vendaval de desesperación ciudadana, arrase con todo a su paso.
Sabemos que hay experiencias exitosas de buenas prácticas gubernamentales en distintos sectores del Estado a lo largo del Continente, pero, lamentablemente, aparecen casi como excepciones a lo que debería ser la regla general.
Lo peor es que una de las salidas más fáciles pareciera ser, el volver a las figuras de los llamados “outsiders”, lo cual ya sabemos que puede ser un remedio peor que cualquier enfermedad, pues éstos no han escapado a la vorágine de gobiernos con altos saldos de corrupción y autoritarismo, con participación popular que ha terminado convirtiéndose en populismo barato, esa tentación nefasta en la que muchas veces han caído nuestras sociedades.
Ante este estado de cosas, lejos de proponer menos Estado y menos política, sería más lógico proponer mejor Estado y mejor política. La democracia no debería tener miedo a buscar más democracia. Hay que asumir la realidad con valentía y mayor lucidez, con una dimensión propositiva que pueda complementar las actuales formas de actuación y de gestión política. Estamos hablando de refundar la política. La política puede convertirse en el eje del desarrollo si logra renovarse.
Los partidos y demás organizaciones políticas deben atacar el problema de raíz y no seguir postergando la tan necesaria modernización y adecuación de sus estructuras a los nuevos retos y tiempos, conservando y en muchos casos acentuando eso sí, los principios y valores que los hicieron alguna vez los grandes pilares de la democracia y de la gobernabilidad. La cuestión es cómo los distintos actores y sectores incrementan su capacidad de hacer política para participar en el sistema de toma de decisiones, que es un sistema de poder.
Es una paradoja que la mayoría de la dirigencia política sólo se ocupe del instante, del corto plazo, pero que, curiosamente, a través de esas actuaciones –casi sin darse cuenta- también van escribiendo la historia contemporánea de sus naciones, con lo cual, tenemos páginas muy buenas y otras muy mediocres.
Estoy convencido que la democracia es compromiso con valores fundamentales, pero que no es algo completo y acabado sino perfectible y que por eso mismo, depende también de todos. Se trata de no tomar la realidad actual de la democracia para darla por concluida ni conformarse con ella, sino apuntalar el valor básico de la libertad que ésta ofrece, para resistir y repudiar la exclusión social y el valor de la igualdad, para que aprendamos todos a convivir en la diversidad, que es el test de fuego de la tolerancia, una verdadera prueba de fuego para la democracia. Libertad e igualdad son los ingredientes claves de esta receta, a pesar de que Rousseau sentenció que la libertad es un manjar fácil de comer pero difícil de digerir.
El paradigma pluralista de la democracia apunta hacia los valores del diálogo y la comunicación. Esto obliga a cultivar las virtudes deliberativas, porque no hay diálogo ni discurso si no nos disponemos a escuchar. Y escuchar,es mucho más que oír.
Es un nuevo tipo de política asociada a lo que el sociólogo Fernando Calderón Gutiérrez califica precisamente de “democracia deliberativa”, que va mas allá de la democracia representativa y de la democracia participativa; supone construir espacios públicos donde los actores, a partir de sus múltiples especificidades culturales y variadas condiciones económicas, actúen, se reconozcan y se comuniquen como iguales, puedan llegar a acuerdos que favorezcan lo colectivo e ir evaluando los resultados alcanzados. La deliberación aumenta la calidad del sistema de toma de decisiones en democracia y fundamenta el ejercicio de una justicia distributiva realizada por la misma comunidad política, incrementando, además, la capacidad de las personas y de los actores para comprender y actuar mejor en medio de los inciertos avatares de los cambios. Insisto, que una democracia así, exige disponerse a escuchar al otro y abrirse a un concepto de una democracia que vaya más allá del marco tradicionalmente conocido. En otras palabras, es construir “ciudadan@s de a de veras”, sugerente título de un libro de Rosa María Alfaro, que debería ser leído por todo dirigente político y también por todo elector antes de entrar en campaña.
Si no nos esforzamos por mantener y mejorar la democracia, tendríamos que darle la razón a Voltaire cuando escribió: “Los hombres son muy pocas veces dignos de gobernarse por sí mismos”; nos haremos más dignos de ella cuando adquirimos un compromiso con sus valores y sus modos de manifestarse. Entonces, ya no sólo importa requerir de los partidos y de sus dirigentes, los cambios posibles sino también los deseables, ésos que deben romper paradigmas de la resistencia al cambio para que se hagan presentes y vigentes.
Estamos en los tiempos propicios –después, puede ya ser muy tarde- de encarar con coraje, inteligencia, madurez y vocación hacia el consenso, un proceso renovador, constructivo y proactivo que nos permita superar las consecuencias de vivir regidos por un sistema político que se viene debilitando a pasos agigantados y, que nos ponga en la dirección de construir una nueva institucionalidad democrática, basada en un sistema construido precisamente alrededor de partidos abiertos, modernos e inclusivos, donde la democracia no se reduzca a una espuria delegación de poder sino que se constituya en una forma de vida, como un espacio vital de la sociedad, lo cual implica desconcentrar poder, descentralizarlo, desgranarlo, es decir, ponerlo al alcance de todos.
No creo que esté hablando de imposibles; lo que necesitamos es sentirnos protagonistas de los cambios, firmes defensores de esa posibilidad y seguirnos capacitando con las herramientas que los hagan viables. Y tener el coraje para hacerlo, porque como decía Winston Churchill: “sin coraje, las otras virtudes carecen de sentido”.