Reseña a Tablero de Ajedrez de Franz Chevarría, libro publicado Carpeta Roja y presentado en el Instituto de Gobierno de la USMP
En 1979, Francois Lyotard escribió La Condición Posmoderna, texto que se enmarca en un tiempo que recoge el aporte de los semiólogos del giro linguístico, y antes que ellos, el de los filósofos analíticos.
La característica común de todos ellos es el énfasis en el estudio del lenguaje. Así por ejemplo, Lyotard sugirió que la sociedad respondía menos a enfoques teóricos como el estructuralismo o el marxismo, y más a lo que él llamó una pragmática de las partículas lingüísticas. Ya no hay grandes marcos teóricos o grandes metanarraciones que nos den cuenta de la realidad nos dirá Miguel Angel Beltrán en un sugerente artículo publicado en 2001.
Me parece así estar viendo una vez más la vieja lupa de los historiadores marxistas buscando siempre la contradicción, la lucha de clases y los rastros sociales conducentes inexorable y deterministamente a la gran y última utopía del mundo comunista.
Hoy, al contrario, nuestra única certeza es que todo aquello pasó a pertenecer al terreno de la museología, como nos lo decía el Filósofo Andreas Hyussen, cuando nos reconoció, algo avergonzado, que encontró una computadora idéntica a la suya en un museo cibérnético, porque en los tiempos presentes, si de algo debemos dudar, es precisamente del presente, porque es efímero, y por eso tanto se ha renovado el historicismo, por eso la vuelta y el interés por el pasado, los millones de fans de History Chanell y tanto eruditos espontáneo de la historia griega, romana, o de los grandes personajes de la historia.
Debía ser lo contrario, pero al pasado, finalmente, podemos asirlo, podemos tomarlo en nuestras manos o abrigar la ilusión de que lo tomamos en nuestras manos, al presente ya no. Ya no existe una gran teoría del presente y es por eso que hablamos de fragmentos, de realidad fragmentada, de pedazos de realidad.
Es por eso, por todo eso, que ya hace un par de décadas las compilaciones de artículos académicos comenzaron a hacerse más y más populares; porque el lector quiere eso, el ciudadano posmoderno quiere fragmentos, prefiere las pequeñas historias; pensemos que el joven contemporáneo pasa la mayor parte de su tiempo despierto, pegado a un i-pod y de seguro ya inventaron el aparato que lo mantenga conectado también mientras esté dormido, solo que yo no me he dado cuenta todavía, o no he querido hacerlo.
En simultáneo otro fenómeno nos rodea: los portales virtuales. Punto de Encuentro, La Pipa, el Montonero, Político.pe, El Utero de Marita, La Mula; sus editores hoy compiten con los de tabloides impresos pero lo cierto es que todos ellos muchas veces nos piden que escribamos cada vez menos.
¡Qué 800 palabras!, ¡ni soñar con 600!, ¡300 palabras nada más!, mensajes breves señores, recuerden que no hay presente, que no hay tiempo, que la gente quiere saber de inmediato para de inmediato olvidarse.
Y por eso me preguntaba, al leer el libro de Franz Chevarría, que es una compilación de sus artículos periodísticos publicados entre los años 2013 y 2014, si no es ese ya el nuevo formato que ha adquirido el conocimiento escrito. El libro ha cedido su lugar a la compilación de artículos académicos; y esta, a su vez, se lo está cediendo a la compilación de artículos periodísticos. Claro está, que no faltará quien me diga que los tres formatos coexisten a la vez y yo le daré la razón a plenitud; pero ya esa simple coexistencia es revolucionaria.
¿Pero cuál es el orden dentro del desorden? ¿cuáles son las constantes dentro de la fragmentación de los discursos? ¿cuál es el magma, parafraseando a Corneluis castoriadis, que conecta la realidad con su representación imaginaria? Esa constante, ese alma, ese sustrato sobre el que se erige el edificio, no del conocimiento pero sí de un conocimiento específico que difiere de la realidad pero a la vez la llena de contenido, la llena de significado.
Y la compilación de Franz Chevarría tiene un aparato conceptual que expresa su alma, que expresa su utopía y enmarca su conocimiento que vuelca a la colectividad en Tablero de Ajedrez.
La política, como campo de batalla en el que se disputa el poder; pero al mismo tiempo y en consonancia con lo dicho, la transformación en la forma de ejercer el poder que, como apunta Chevarría, ha visto como los ejércitos ceden su poder a otro más inteligente o blando; y ¿acaso no es verdad que de esa manera superamos a Chile en La Haya?, ¿a través del ejercicio inteligente del poder?
Y así encaminados, yo encuentro que la mirada optimista es otra de las constantes que nos regala Chevarría en su texto; nos encontramos con ella cuando defiende las reformas institucionales que sí se han realizado en el Perú, entre las cuales la descentralización de los recursos de la última década es la más importante.
Franz también es optimista y nos hace renovar nuestro optimismo en la república peruana como ansiada utopía, cuando nos recuerda que desde 2001 los presidentes del Perú han gobernado sin mayoría parlamentaria y han aprendido a entenderse y alcanzar acuerdos en favor del país y de la gobernabilidad.
A este periodo, que hoy lastimosamente se quiebra por las incapacidades del actual gobierno, Chevarría le llama “relaciones cooperativas de entendimiento” concepto claro y directo, como la prosa en que han sido redactados los artículos y que nos deja, a todos, una serie de sugerentes ideas fuerza.
El contrapeso democrático; es otra de esas ideas optimistas que desarrolla Chevarria en el artículo titulado “La gran transformación del Presidente”, sarcasmo referido a nuestro actual mandatario, y en el que señala que las instituciones de la República, mal que bien, han fungido de contrapeso a la tentación autoritaria que merodeó el país en los últimos años.
Para redondear la idea: he querido expresar el optimismo de Chevarría, en el sentido de que, sin negar la crisis de nuestras institucionalidad, reconoce sin embargo su funcionamiento parcial, dejándonos así un halo de esperanza tanto como un espacio abierto para reflexionar sobre ellas y continuar inexorablemente su reforma y perfeccionamiento.
Pero la pedagogía política es sin duda el aspecto de este libro que más he apreciado y que lo vuelve irresistiblemente recomendable porque no abundan las ocasiones en que un texto se aventure en el complejo universo del marco conceptual de la teoría política para procesarla regalándonos frases directas y una destacable propiedad en el lenguaje.
Esta característica del libro lo hace imprescindible para el ciudadano de a pie, tanto como para el lector especializado, ambos a su modo, podrán comprender nuestro presente político a través de sus páginas.
Quiero terminar estas líneas disculpándome con Franz, de haber concluido este comentario no estaría ahora aquí, llegaría en tres o cuatro horas con el auditorio ya vacío y las luces apagadas. He querido hablar de tantas cosas más. Déjame terminar, Franz, con la mirada aprista que desprende tu texto, y por aprista no hablo de la militancia, más si de la ideología y del modelo de análisis de la realidad; porque siempre he pensado que si el marxismo es uno, el aprismo es otro.
Sólo que este último, a través de Haya de la Torre, supo priorizar el cambio a la permanencia y, al plantear el espacio-tiempo histórico supo señalar que cada realidad requería un estudio distinto y que las recetas de allá, no eran válidas aquí, ¿Y acaso el posmodernismo no propone la invalidez de los grandes metarrelatos que explican toda realidad en todo tiempo?
Por eso el aprismo sigue vigente -y por eso Haya de la Torre se adelantó por décadas al posmodernismo- tanto como la utopía republicana que hace casi doscientos años le ofrecieron al Perú sus padres fundadores y como las páginas que esta noche Franz Chevarría ha compartido con nosotros.