Punto de Encuentro

La necesidad del partido político

Cuando compramos un detergente, un reloj o un auto, desconocemos los procesos de elaboración que han tenido dichos productos, pero estamos seguros de encontrar en cada uno de ellos las cualidades por las que pagamos un precio. Suponemos que, mal que bien, todo detergente sirve para lavar ropa, pero es la marca la que nos sugiere que las características expuestas en la publicidad sí son reales; es más, nos gusta comprar esa marca porque en recibir un buen producto.

El ser candidato al Congreso o a la Presidencia de la República solía ser el resultado de una carrera política, la que había demandado adecuar el carácter del individuo a las presiones y competitividad más extremas, pues durante su ascenso desde la organización juvenil hasta las primarias internas, las personas debían de experimentar derrotas y frustraciones, preparando en la fragua partidaria a quien debía representar al partido algún día. Tales procesos construían un producto, y ese producto era presentado por la organización a la sociedad; así, los electores podían estar seguros que el candidato no solo era un político verdaderamente comprometido con la perspectiva ideológica partidaria, sino también con el programa político que había sido diseñado para concretar sus principios y valores. Se trataba de un producto de marca.

Por diversas razones las necesidades del electorado cambiaron y los votos premiaron las ilusiones de candidatos aventureros, cuyo carácter no había sido forjado por más exigencias que la fortuna y la ambición. Los últimos gobiernos nos han ido castigando por no exigir productos de marca, por comprar a granel, sin garantía alguna; pero en lugar de darnos cuenta de nuestro error, persistimos en él y preferimos que la publicidad encubierta de los principales medios de comunicación nos señale hacia qué nuevo aventurero deben ir nuestros votos, y a eso le llamamos renovación de la política.

Comenzando esta nueva etapa en la vida política del país, debemos recoger el mandato constitucional, expuesto en la Constitución de 1979 y ratificado en la de 1993: son los partidos políticos quienes canalizan y forman la opinión pública, y lo que es más importante, proponen a los candidatos que nosotros votaremos, de manera tal que no puede existir democracia sin partidos, pero entendidos como organizaciones sólidas y permanentes, programáticas y forjadoras de las personalidades que tendrán que decidir cotidianamente en medio de la pugna de intereses y tendencias de los grupos sociales.