Soy de la generación de la transición. De la generación de los jóvenes que fuimos testigos del ocaso del gobierno fujimorista y finalmente su implosión que dejó un país paralizado por el desempleo, la corrupción y la degradación moral. Emergió de ese colapso un espíritu renovador no sólo de la política y la economía, sino de la sociedad. Entramos al nuevo milenio, viviendo nuestra “primavera árabe” en medio de esperanzas de cambio.
La promesa de la transición por un país más democrático y justo se inauguró con el gobierno de Paniagua, pero no terminó allí, sino que se prolongó en Toledo, García y Humala. Conforme fue pasando el tiempo, el espíritu justiciero de la transición fue languideciendo rápidamente y los antiguos vicios, supuestamente superados, comenzaron a regresar a la escena política nacional nuevamente. La promesa de la transición fue la principal promesa incumplida.
El fujimorismo fue entrando como una cuña en las fisuras de la frágil democracia y se fue fortaleciendo. Sus bases se organizaron y sus cuadros políticos trabajaron un discurso de tal forma que su predicamento fue ganando el corazón del pueblo poco a poco.
Ahora la gente está molesta, los políticos, los opinólogos, las redes le endilgan la culpa al pueblo por esta situación, pero ninguno quiere asumir su responsabilidad. ¿Cómo le vamos a reprochar al pueblo si la delincuencia campea impune? ¿Cómo si la corrupción está infiltrada a todos los niveles de la sociedad? ¿Cómo si la administración de justicia es más injusta que nunca? ¿Cómo si la inoperancia del Estado se refleja en la educación y salud? Qué hicieron los que hoy reclaman cuando tuvieron todo para cambiarlo y no lo hicieron, cuando antepusieron sus intereses personales a los del país.
Con el resurgimiento del fujimorismo seremos testigos de un nuevo ocaso, del ocaso de la transición. Su agonía fue lenta y hoy asistimos con hastío e indiferencia a los últimos estertores de un moribundo envejecido y achacoso que en algún momento admiramos por su juventud y vigor.
Presenciaremos nuevamente un cambio de época después del cinco de junio.