Punto de Encuentro

¿La hora de los partidos o la hora nuestra?

 

Bryan E. Prada Pazo

Se dice, se sabe y se convive con las limitaciones propias de un sistema político precario. Aquel sistema político que no encuentra ni en sus instituciones, ni en sus actores y mucho menos en sus ciudadanos, los medios y recursos suficientes para hacer de la política una actividad vinculante con lo cotidiano. Nuestro gran problema es obviar que también somos eslabones de las cadenas que oprimen buenas voluntades para lograr un escenario lo más cercano posible al bienestar nacional.

Nuestras instituciones han dejado de lado la participación de las personas, siendo esta última de vital importancia para su funcionamiento y considerando que poder y participación son indesligables. Lo público se ha posicionado como instancias únicamente exclusivas a las decisiones de las autoridades, resulta inconcebible en cuanto tenemos la plena seguridad de que tanto el poder como la participación deben ser sociales, es decir, en apertura y consideración a los intereses, actores y sociedad civil.

Los estamentos gubernamentales y las distintas manifestaciones que estos tienen, no se desvinculan de la participación ciudadana. Necesitamos repensar el diseño y propósitos de nuestras Instituciones, sin alejarnos de la dinámica, costumbres y cultura de las personas.

El quehacer político implica la consideración a establecer estrategias para un delegación responsable y sostenible del co-gobierno entre representantes y representados. No tan lejano, el tema de la corrupción es ampliamente debatido desde los hechos como consecuencias de un problema, visto únicamente como herencia de nuestra clase política.

Se desencadenan hechos o intenciones de infringir las leyes y obtener el beneficio propio en cuanto no se tiene un conocimiento de lo que somos como nación, de aquello a lo que apuntamos ser y la carencia de valores y principios ciudadanos. En cuanto mejoren nuestras condiciones y oportunidades para tener acceso a una educación de calidad, tendremos ciudadanos comprometidos con sus Instituciones y repensarán al Perú desde las entrañas de su aparato estatal.

Los medios para concretizar las voluntades ciudadanas- partidos- están alejados y desconocen el Perú moderno. No hay forma más efectiva de construir un país, que fortaleciendo al sistema de partidos- sea cual sea su dinámica- sin dejar nada en el ámbito de lo “informal”. En él se refleja el carácter vinculante y responsabilidad sobre el mismo entre los ciudadanos y su realidad. Los ciudadanos no encontramos organizaciones que ofrezcan un mínimo de compromiso con sus ideales y mucho menos que expongan las maneras de cumplir cada objetivo programático.

La modernidad del Perú considera la necesidad de repensar y formular nuevas propuestas para un Estado que sea dinámico y a la vez eficiente, un sistema de partidos amigable y refundado con miras a ser el mejor atractivo de compromiso y formación de ciudadanos, la construcción de nuevas formas que enmarquen una nueva visión de nuestras Instituciones respecto a sus competencias, considerando lo “formal” e “informal” de las prácticas ciudadanas.

Los problemas no se encuentran en las últimas instancias, conviven y se gestan en el seno de la ciudadanía, en su mayoría en una desacreditación irresponsable de nuestras Instituciones. No se generan alternativas para dar una solución gradual y viable con respecto a la situación actual de la dinámica institucional del Estado.

Los partidos deben educar, desarrollar y fortalecer las capacidades y voluntades con las que llegan los ciudadanos a la decisión de militar en ellos. No es cuestión de exigir derechos sin cumplir deberes, es cuestión de voluntad y compromiso responsable con aquello que nos aqueja: la precariedad de no encontrar el rumbo hacia un estadío mejor que este.

 

 

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