En un mundo más individualista, donde cada quién baila con su propio pañuelo, el discurso moral de la lealtad cae en saco roto. Pareciera que en política, al decidir por una tienda partidaria es porque lo hacemos para toda la vida. Porque no hay manuales que te expongan motivos y razones, beneficios y perjuicios de militar en determinados partidos. Uno lo hace por convicción de que lo que comparte hace bien al logro de sus intereses.
Aún cuando exista toda línea de fortalecimiento institucional de los partidos políticos, la actividad política es una suma y juego de intereses comunes. La reconfiguración social da frutos en espacios de encuentro propiamente humanos. Uno de ellos es la política. Nuestra política se constituye desafiando toda regla ideal de la razón de ser con la que emana dentro de la sociedad, inversa a las reglas clásicas de la Ciencia Política, aún con las escisiones sociales compartidas, malinterpretada, pasadista y farandulera, pero funciona y es nuestra.
El perfil de nuestra clase política se define por varios factores convertidos en requisitos para ser electos como autoridades locales, regionales, congresistas y presidentes de la República. Un personaje carismático, un persona que no lleve en su mochila pesos que le sean moralmente adversos para la mayoría de la ciudadanía (ser etiquetado de corrupto no funciona), rostros nuevos en la carrera política, una persona de iguales condiciones, orígenes, personalidad y empatía con los electores.
El fin de la política es llevar al poder a quien decide participar de ella. En su mayoría y por el resultado de sus acciones, muchos quedan en jaque cuando generan desconfianza en el elector. Los partidos políticos modernos funcionan cual clubes deportivos que buscan contratar al jugador del momento que tiene las condiciones para lograr un objetivo próximo y temporal. En esta ocasión no es un campeonato, pero sí el fortalecimiento de la imagen del arrendatario de la franquicia política, también gana el jugador del momento pero queda echado a la suerte y consecuencia de sus acciones en el poder.
Nuestra política necesita que en el estado originario de sus actores, dinámicas, parámetros: la sociedad, se generan discusiones propias de una radiografía a las prácticas propiamente sociales que definirían los futuros caminos que recorra nuestro sistema político. El problema no es el transfuguismo, son los incentivos meritocráticos para militar y hacer carrera política. No es la irresponsabilidad del populismo, son las voces calladas de un país que se conforma con soluciones cortoplacistas. No es nuestra clase política, somos nosotros que desde donde estamos creemos que la política es una actividad ajena y exclusiva de alguien tan igual como nosotros.