En el Perú hace exactamente cien años en 1917 gobernaba el presidente José Pardo y Barreda, conspicuo representante de esa etapa de la vida republicana, que el gran historiador Jorge Basadre bautizó como la República Aristocrática. Dominada políticamente por la oligarquía minera y financiera,la República Aristocrática no pudo emprender las reformas modernizadoras que el país requería, ni tampoco pudo contener el avance del movimiento popular. Desbordado por la vorágine de los acontecimientos el fin de la Republica Aristocrática desembocó en la escisión del Partido Civil y el regreso del caudillo.
Cien años después gobierna una oligarquía aunque si bien ya no aristocrática, todavía elitista. El derrumbe de la ideologías y el colapso de los partido políticos, habían dejado un vacío de poder que fue rápidamente llenado por un grupo de profesionales que desde las reformas estructurales de los noventa habían visto acrecentar su influencia en el diseño de las políticas públicas. Provenientes de los sectores medios y altos de la sociedad, educados principalmente en universidades privadas y bajo la influencia del pensamiento anglosajón, comenzaron a constituir un grupo nuevo, una casta “tecnocrática” que compartía el poder con los gobiernos de turno, pero siguiendo su propia dinámica e imponiendo su agenda.
La tecnocracia considera que sólo los expertos deben determinar las fórmulas para organizar la sociedad, la política y la economía. Uno de los principales triunfos del neoliberalismo fue que el manejo tecnocrático del Estado se volviera sentido común, incluso en el pueblo llano. La frase tan mediáticamente reproducida “conducir el país como una empresa” sintetizó precisamente una época.Sin embargo, el tiempo del crecimiento económico terminó y la tecnocracia ha tenido que hacer frente a un terreno que le es desconocido y que se le escapa de las manos: las demandas sociales.
Es que la tecnocracia no comprende que en la esencia de la política radica el conflicto y que cuando la emergencia de lo popular sobrepasa los canales instituciones necesariamente la política tiene que jugar un papel protagónico. La tecnocracia pretendió anular la política y trabajar sobre el marco teórico de ver en la ciudadanía agentes racionales tomando decisiones en el mercado electoral.
Si bien, la hoy desprestigiada tecnocracia no coinciden en contexto con la República Aristocrática, si lo hacen en espíritu. La historia se repite dos veces, decía Marx, primero como tragedia y después como farsa. Esperemos que esta farsa de República Tecnocrática entienda que ya no es hegemónica y que ante la emergencia de lo popular se abra una ventana de oportunidad para una mayor democratización del poder.
Víctor Cárdenas
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