Los partidos políticos son actores importantísimos en la vida política de una sociedad, agrupando a personas con un ideario en común a fin que puedan tener relevancia en el proceso de toma de decisiones y equilibrio del poder. Sin embargo, en los últimos años su rol ha sido menoscabado por iniciativas independientes de la sociedad civil, que se ha visto empoderada. A pesar de este debilitamiento, los partidos políticos resultan ser piezas imprescindibles e irremplazables, cumpliendo papeles resaltantes y contando con ciertas características que les son innatos: una organización -con una disciplina inherente -, una ideología, un poder político y cargos públicos electivos.
Las características antes señaladas son interdependientes entre sí; estando la organización ocupada por militantes elegidos popularmente ejerciendo un poder político –ya sea en acciones del partido precisamente o a través de una representación dentro del Estado- bajo la luz de la ideología. Siguiendo esta relación es cómo se consigue tener un partido político estable, sólido e institucionalizado.
No obstante, los partidos en el Perú no responden a una institucionalidad; por el contrario, hay algunos militantes que acumulan tanto poder y resultan siendo caudillos dentro de la agrupación llegando muchas veces a contrariar a la propia organización y disciplina del partido alegando en sus decisiones criterios de consciencia.
La libertad de pensamiento es un elemento sustancial de todo componente humano, es aquella racionalidad que nos permite diferenciar lo bueno de lo malo y expresar nuestras ideas sin ningún tipo de censura más que la que nos auto establezcamos. He aquí el inicio del debate, si se debe priorizar criterios personales (con legítimo contenido de intereses) por sobre pautas y directrices establecidas en el seno del partido político y sus órganos deliberativos.
Las decisiones tomadas luego de un proceso democrático establecido por el partido deben resultar estrictamente vinculantes al ejercicio del poder político de los militantes que ocupan cargos elegidos públicamente, y más aun para los que ejercen el poder en la representación del partido y sus militantes en el Estado, ya que las decisiones adoptadas gozan de la legitimidad de la confluencia de consciencias de la militancia y hacer caso omiso a estas resulta siendo un acto de desprecio hacia la voluntad de los ciudadanos que confiaron en el representante para que vele por sus intereses.
Es por ello que afirmo que, al estar dentro de un partido político y tener una cuota de poder gracias a éste, se asume el compromiso supremo de velar por el intereses colectivo de la militancia, desplazando a un segundo plano los criterios de consciencia para ocasiones en las que no se vea contemplada una línea clara de la agrupación política.