Punto de Encuentro

Trump, petróleo y otras adicciones

Por: Alejandro Mejía

Si, el Perú es un país adicto al petróleo, pero aún más preocupante resulta su adicción a los combustibles derivados del mismo. Ante la reciente alza del Impuesto Selectivo al Consumo (ISC), esta carga impositiva afecta directamente el bolsillo del ciudadano, en un país que poco o nada hace por salir de esa larga trayectoria de dependencia energética. No es novedad que la ciudadanía peruana encuentre al Estado y al gobierno de turno como culpables de estas medidas impopulares que, si bien no radicalizan la conflictividad social, generan incomodidad en laclase media.  Sin embargo, esta decisión por subir el ISC a los combustibles, tendría mayor relación con un factor externo y dos factores domésticos sustanciales.

El avance de la globalización y la gobernanza energética ha tenido una correlación directa con las fluctuaciones económicas en el mercado global de los recursos energéticos. En un artículo reciente, Diego Crescente sugiere que la crisis originada por la decisión de Trump por retirar a EE. UU del acuerdo con Irán se puede entender como “el aleteo de una mariposa que nos puede afectar a todos”. Y vaya que tiene razón. Perú, país importador neto de energía, es el que más sufre con el alza del barril del petróleo (la más alta desde el 2014), donde pagar más por la importación del crudopresiona la caja fiscal y la mejor forma de cumplir las metas macroeconómicas y no cerrar en rojo las cuentas el 2018, es subir los impuestos. Unos genios lo del MEF.

Pero, ¿cuáles son las consecuencias a largo plazo para el Perú en un mercado energético tan fluctuante? Muchas. Se espera que, en una década, Estados Unidos alcance su independencia energética y logre producir 18 millones de barriles al día (casi un 20% de la demanda mundial), y que esto cambie el establishment energético impuesto por los países de Medio Oriente. Ante esto, el Perú seguirá sufriendo de estos shocks internacionales, pero ahora desde las decisiones que tome su principal socio comercial después de China, que buscará afianzar la dependencia energética con sus vecinos del sur. Esto debe encender las alarmas en el MEF para hacer cambios estructurales y evitar caer en el eterno problema de las economías emergentes: la vulnerabilidad ante el mercado internacional.

Se suele recurrir a las cifras y las comparaciones con nuestros vecinos de la región para develar nuestros problemas estructurales y vaya que no es un error. Es más, es imperativo hacerlo en estas líneas. Según el BP StatisticalReview 2017, en el Perú persiste un mal endémico que nos aleja del tan ansiado desarrollo: la producción diaria de barriles de petróleo disminuye desde hace cinco años, a la par que aumenta el incremento en el consumo diario de los mismos. Chile, país con el que solemos comparar nuestras deficiencias institucionales, pese a no tener petróleo, cuenta con refinerías de alta capacidad, en la cual procesan cerca de 214,000 barriles diarios, vendiendo derivados del crudo a sus vecinos más cercanos como Perú. De las 7 refinerías de petróleo existentes en nuestro país, dos (Talara y La Pampilla) son las de mayor capacidad, pero son obsoletas y poco competitivas frente a las modernas refinerías en Ecuador y Chile.

Siendo el Perú un país con un alto potencial para procesar petróleo importado, enfrenta problemas domésticos, como el fantasma de la injerencia estatal en una inversión de gran envergadura (modernización de la refinería de Talara), así como el poco o ningún interés de los gobiernos por definir los objetivos de la política petrolera. El importar barriles de combustibles resulta siendo más caro para el Estado peruano que el importar petróleo crudo que, con refinerías de última generación, permitirían ahorrosconsiderables al Estado peruano. ¿Y las bondades del gas de Camisea? Son bondadosos los ingresos provenientes de la exportación del gas, pero el desbalance comercial producto de la importación del Gas Licuado de Petróleo (GLP) y los limitados esfuerzos por industrializar el gas natural para la pequeña y media industria, parece mantener a la clase política en un conformismo colectivo.

La política petrolera no ha sido parte de la agenda pública desde los cambios estructurales en los 90s. A esto, sumémosle que la clase política sigue sosteniendo el crecimiento en base los altos precios de los minerales, cuando la energía también es transcendental para el desarrollo. No es condición suficiente para aspirar a la OCDE, pero si la indiferencia de los gobiernos y la academia ante este problema persiste, la solución consensuada es subir más impuestos. Al fin y al cabo, el ciudadano siempre termina pagando los tropiezos fiscales de los gobiernos democráticos.

 

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