Punto de Encuentro

La geopolítica en clave Trump

No hay semana en las que nuestras fuentes de información -periódico, noticiero televisivo, internet, etc.- no nos advierta que algo está ocurriendo en alguna parte del mundo como consecuencia de la administración de Donald Trump en EEUU: los bombardeos a Siria (14 de abril de 2018); la ruptura estadounidense del acuerdo nuclear con Irán y las amenazas de volver a las sanciones económicas (08 de mayo de 2018); la inauguración de la Embajada de los EEUU en Jerusalén (14 de mayo de 2018); el boicot de Trump al G7 y al nuevo acuerdo contra el cambio climático (07 de junio de 2018); etc.

Todo parece indicar que la superpotencia mundial, desde el ascenso de Trump al poder, ha ajustado sus mensajes geopolíticos con el objetivo de recuperar, a cualquier costo, el poder hegemónico universal que cree haber perdido.

Trataré de dar explicación a dicha hipótesis, partiendo de un repaso histórico a los acontecimientos más relevantes (en las relaciones internacionales) desde el final de la Guerra Fría.

Era noviembre de 1989 y la presión social de numerosos colectivos, que exigían libertades y una sustancial mejora en su calidad de vida, provocaron la caída del muro que separaba a “las 2 Alemanias”; poco tiempo después, a finales de 1991, la ideología política que había fraguado y continuaba sosteniendo a la ex URSS se desplomaba por completo y parecía dibujarse una nueva era en la humanidad.

Sin embargo, ni la globalización; ni el dominio capitalista de las últimas décadas; ni el desarrollo científico y tecnológico actual son capaces de forjar un mundo ausente de conflictos, en los que se deja evidencia que el valor de muchas vidas humanas es bastante menos importante que los intereses de algunos poderosos. Sólo por citar algunos ejemplos: la Guerra del Golfo; la Invasión a Irak; la Guerra de Afganistán; el equilibrio de terror nuclear entre las actuales potencias; la actual Guerra de Siria; etc.

Las relaciones internacionales son académicamente interpretadas desde dos paradigmas: el idealismo y el realismo. Mientras el idealismo explica las relaciones de poder entre Estados, a partir del respeto a los principios del derecho internacional y el ordenamiento moral universal; el realismo, a medida que empezaron a sucederse los acontecimientos bélicos post Guerra Fría, ha venido aplicando diferentes categorías que pretenden advertir del porqué de dichos episodios, como: balance de poder, competencia, anarquía internacional, alianzas, dilema de seguridad, entre otros.   

El realismo estructural considera que el factor más importante en las relaciones internacionales es el PODER. Los autores realistas parten de una premisa anárquica a escala global, es decir, no hay ningún centro formal de autoridad y cada Estado es soberano e igual en el sistema internacional. Desde esa “teórica” igualdad de condiciones, cada Estado debe, al menos, garantizar su propia supervivencia.

El pensamiento realista otorga a los Estados una condición de similitud en términos de necesidades (por ejemplo: garantizar la supervivencia), más no en recursos para cubrirlos. Esto último (los recursos) determinará el deseo y la capacidad relativa de cada Estado y, de la suma de ellos, en el sistema internacional, resulta un “equilibrio de poder” que moldea las relaciones internacionales. Así pues, los principales autores realistas sostienen la existencia de tres categorías posibles en el sistema internacional: 1) Sistema Unipolar: una gran potencia; 2) Sistema Bipolar: dos grandes poderes; y 3) Sistema Multipolar: más de dos potencias.

Una de las líneas del realismo que mayor producción tiene en la actualidad es el realismo ofensivo, el mismo que añade, a la base teórica del realismo estructural, la premisa que los Estados no están contentos con una cierta cantidad de poder sino que buscan la hegemonía, es decir, la maximización de su cuota de poder en el mundo, para conseguir la supervivencia y la seguridad necesaria que le permita mantenerla.

De esta manera, mientras que en el realismo estructural los Estados buscan preservar sus posiciones en el sistema internacional, manteniendo el equilibrio de poder; en el realismo ofensivo, los Estados encuentran fuertes incentivos para recurrir a la acción ofensiva (al ataque). Dicha búsqueda incesante por el poder, inherentemente genera un estado de competencia de seguridad constante, que deja abierta cualquier posibilidad de conflicto bélico en el sistema internacional.

Uno de los máximos referentes académicos de la teoría del realismo ofensivo es el profesor de ciencia política John Mearsheimer, quien demuestra que el escenario de la política exterior de los Estados está orientada a la consecuente maximización de sus intereses nacionales y esto incluye factores como los militares (recursos armamentísticos), geopolíticos (explotación de recursos) y diplomáticos (estrategias de alianzas) para intentar fortalecer el escenario de competencia.

La llegada de Trump a la Casa Blanca supuso muchos cambios de formas y fondo en la política exterior estadounidense, su primer golpe a la diplomacia tradicional fue la presencia de Nikki Haley como Embajadora de los EEUU en la ONU, una republicana tan agresiva como controvertida, que no dudó ni un segundo en echarle el pulso (y ganarle) al ex Secretario de Estado, Rex Tillerson. En la estructura diplomática el cargo de embajador está por debajo del de secretario de Estado, pero no para la administración Trump. Haley fue la apuesta inicial del cambio radical en la política de Washington y ello se reforzó en marzo de este año cuando el conservador John Bolton fue nombrado consejero de Seguridad Nacional y el republicano Mike Pompeo, quien se desempeñaba como director de la CIA, fue nombrado Secretario de Estado tras el despido de Rex Tillerson.   

El objetivo es único, EEUU debe volver a ser la única potencia hegemónica en el sistema internacional; ¿cómo lograrlo? Se puede intentar descifrar los movimientos de Trump desde el prisma de los paradigmas geopolíticos (realismo ofensivo), pero en ningún caso será garantía de predicción. Trump ha demostrado ser lo suficientemente disruptivo y lo grave radica en la magnitud del poder que atesora. La próxima parada será mañana (12 de junio de 2018) cuando se celebre la cumbre con Kim Jong-un, el dictador norcoreano; ¡qué corran las apuestas!  

 

José Carlos Urbina Suárez

Politólogo de la Universidad Complutense de Madrid (UCM)

 

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