«Filosofía de la crisis ecológica»

12 Septiembre, 2021

Claire Viricel

Claire Viricel

Hace 30 años, un joven y prodigioso filósofo alemán, Vittorio Hösle, publicaba Filosofia de la crisis ecológica, una reflexión sobre el devenir del hombre tras el derrumbe del sistema comunista que dejaba el modelo occidental sin competidor, dispuesto a expandirse. Discípulo de Hans Jonas (autor contemporáneo de El principio de responsabilidad), su libro no solo era un aporte mayor a la historia del pensamiento sino una anticipación de los desastres naturales si Occidente seguía pensando universalizar su nivel de vida. La filosofía, recuerda, se ocupa de la verdad de la totalidad del ser humano y por lo tanto, no puede mantenerse neutral cuando de destino de la humanidad se trata.

Su tesis central es que el modelo occidental no es justo, entonces no tiene vocación a ser universalizado. Le preocupaba el suicidio colectivo que había emprendido el mundo, el ecocidio perpetrado contra nuestro hábitat, el planeta Tierra. Pero no se trataba de volver al pasado —al pico o al machete, por ejemplo— ni de dejar la enmienda solo en manos de economistas y políticos, sino de cambiar la relación del hombre con la natura. Sobrepasar esa dicotomía sujeto/objeto que nos enfrenta a ella y se origina en el cristianismo, y que Descartes, con su pensamiento dualista, consumó, elevando la conciencia humana por encima de la natura. Cosificada la naturaleza, se abrió el camino a las ciencias modernas y sus aplicaciones al mundo animal y vegetal, ambos tratados con infinita crueldad. Descartes se equivocó. Al considerar que la vivisección era lo mismo que el desmontaje de una mecánica, siguiéndolo hemos cometido abominables atrocidades que las neurociencias hoy nos revelaron: los animales son dotados de sensibilidad y sufren tanto como nosotros. A tal punto que la ecología se ha vuelto el «nuevo paradigma político». El modelo consumerista no puede reproducirse al infinito sin arruinar la Tierra, decía Hösle entonces. No sorprendería que en un futuro cercano el tema ecológico lleve a nuevas guerras y que los antagonismos en materia de política internacional giren en torno a los sacrificios por hacerse para preservar el medio ambiente. Qué acierto.

En 50 años a la fecha, la población mundial se ha duplicado mientras que los dos tercios de los cuatro mil vertebrados silvestres que la ONG WWF lleva decenios observando, han desaparecido. El continente de mayor daño en materia de fauna silvestre es, increíblemente, Sudamérica (un 94% de la muestra observada desaparecido, contra un 24% en Europa industrializada, cifras del 2020). Un cuarto de las especies mundiales está en peligro avanzado de extinción. Ahora bien, todo lo que destruimos compromete nuestra supervivencia: rotos los equilibrios y la cadena de biodiversidad, las enfermedades infecciosas como la Covid-19 arrasan y la demanda de alimentos no puede ser satisfecha. Es el caso alarmante de Madagascar hace poco, una hambruna por calentamiento global que afecta 1,5 millón de personas. El hombre resulta el peor enemigo de su madre Naturaleza, por sobreexplotarla. Durante decenios promovimos la sociedad productivista del siglo XX. Sus primeros críticos fueron denigrados por "alarmistas". Si desforestar para producir alimentos resulta un ecocidio, ¡¿cómo queda la producción de biocarburantes?! Además, según la NOAA, julio del 2021 fue el mes más caliente de toda la vida del planeta. Y el pasado 9 de agosto hubo 150 mil incendios de proporción simultáneos en la Tierra, espontáneos o provovados. Así el recalentamiento global va muchísimo más rápido que lo estimado: llegaríamos a +1,5°C en el 2030 en vez del 2040 (Sexto Informe del GIEC). A ese paso, podríamos llegar a +2°C en el 2050 en vez del 2100... Tenemos 20 añitos para evitar el declive irreversible de nuestra especie. La primera inseguridad mundial es la ecología, concluye el GIEC. «No hay lugares a salvo», nos dice la ONU, ni buscarlos. A ver si habremos aprendido la lección del Covid-19. Todo partido político sin agenda ecológica seria va desconectado de la realidad y de hoy la primera inquietud humana: vivir o sobrevivir. ¿Podemos salvarnos?

En Marsella, Francia, acaba de celebrarse el Congreso Mundial de la Naturaleza de la UICN. Francia, séptima potencia mundial, ha propuesto que el 30% de los espacios terrestres sean santuarizados de aquí al 2030. Todo indica que el presidente Macron será candidato a su sucesión con una fuerte agenda ecológica motivada por su viaje a la Polinesia Francesa. Conocer ese hermosísimo pedazo de la república ubicado en un lugar estratégico de la geopolítica mundial —la región Indo-Pacífico—, y conversar con su pueblo siempre orgulloso de servirla pese al daño nuclear, ha sido su bautizo ecológico. Lo que salga de ahí no será vinculante pero marcará la urgencia de pensar la emergencia ecológica.

Volviendo a Hösle, como el ser humano es también naturaleza, su esfuerzo por dominarla pasa por dominarse a sí mismo sino se volteará contra él. No como castigo sino que perderá la vida que el ser parte del mundo natural le permitía. Ahora bien, la tecnología potencia enormemente al ser humano al mismo tiempo que lo libera cada vez más. Y vamos siempre por más. Sin embargo, la tecnología es un gran factor destructor de los lazos sociales, destrucción que es el punto culminante de una civilización. Y en este contexto delicuescente, los políticos no pueden lograr los objetivos que se proponen, sin hablar de los que desprecian natura y ciencia, como los emblemáticos Donald Trump y Jair Bolsonaro. Si la revolución industrial y el capitalismo han acompañado la evolución demográfica mundial, si el progreso ha aumentado considerablemente la esperanza de vida, la superficie de la Tierra está limitada. Aparecieron los límites.

Según Hösle, lo que necesita hoy el ser humano es la transformación de la ciencia: se debe centrar en torno a la idea del Bien. No solo preguntarse si es factible sino sensato desarrollar tal o cual técnica. El hombre tiene que deshacerse de muchas necesidades creadas en los últimos decenios del siglo XX y que dañaron su entorno, y destruyen la Tierra si se vuelven universales. (O sea, no puede nacer otro EEUU, otra sociedad consumerista por excelencia y adepta del lujo. Para nuestra suerte, China no es un país de libertades plenas y su capitalismo, restringido, de Estado).

Debemos aspirar a un nuevo ascetismo, dice Hösle, sin renunciar al egoísmo económico, motor del individuo. He aquí la condición de nuestra propia libertad. Librarse de la dictadura del consumo. Es más libre quien no tiene tantas necesidades superfluas como su prójimo. Fomentar una ética para el Siglo del Medio Ambiente (el presente) y desarrollar una economía de mercado ecologista y social, es lo que vislumbraba el filósofo para el futuro a la caída del Muro de Berlín. Estado de bienestar y estado ecológico son perfectamente compatibles, señalaba.

Europa ha empezado seriamente su viraje. Lideran la transición energética mundial, por orden: Suecia, Noruega, Dinamarca, Suiza, Austria, Finlandia, Reino Unido, Nueva Zelanda, Francia e Islandia. El objetivo de la UE es reducir del 55% en relación a 1990 las emisiones de CO2 de aquí al 2030. Urge. Alcanzar la neutralidad climática en el 2050. ¿Y Latinoamérica? Tiene potencial para un desarrollo sostenible en base a la economía verde y así no repetir los errores de las sociedades industriales. Pero con derechas o izquierdas sin ética ni principio de la responsabilidad, no hay salvación.

 

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