En la actualidad, la información personal se ha convertido en uno de los recursos más importantes dentro de la sociedad digital, todas las aplicaciones se nutren de nuestra propia información.
Nuestros datos, verbigracia: el nombre, la edad, la ubicación, el correo electrónico, el número telefónico, las fotografías, el tipo de ropa que usamos (rayas, holgado, tipo polo), los hábitos de consumo y las preferencias personales son compartidos constantemente a través de sitios web, redes sociales, plataformas digitales y sitios de comercio electrónico. Si bien, en la mayoría de las ocasiones se proporcionan de manera cotidiana y aparentemente inocua, estos datos poseen un valor estratégico, tanto para las personas como para las empresas y organizaciones.
Alguna vez has pensado, por qué la mayoría de las aplicaciones son gratis, Google maps, whatsapp, chatgpt; es más, el juego de pokemón en donde encontrabas pokemones por toda la ciudad y los más difíciles de conseguir estaban en determinadas zonas estratégicas.
La información personal permite identificar a un individuo, conocer sus gustos, intereses, hábitos y comprender nuestros comportamientos. Por ejemplo, las plataformas digitales pueden analizar las búsquedas, publicaciones, compras y contenidos que una persona consulta para ofrecerle productos, servicios o publicidad personalizada. Esto prueba que los datos personales no son simplemente información aislada, sino recursos valiosos que pueden utilizarse para tomar decisiones, generar oportunidades comerciales y establecer perfiles de usuarios.
Sin embargo, el valor de esta información también implica riesgos. Cuando los datos personales no se protegen adecuadamente, pueden ser utilizados para realizar fraudes, robo de identidad, suplantación de personas, extorsiones, campañas de engaño o accesos no autorizados a cuentas. Además, compartir información excesiva en redes sociales puede revelar aspectos de la vida privada que podrían ser aprovechados por personas con malas intenciones.
Por lo anterior, es indispensable desarrollar una cultura de protección de datos. Una de las primeras medidas consiste en utilizar contraseñas seguras y diferentes para cada cuenta, acompañadas, cuando sea posible, de la autenticación de dos factores.
Igualmente es recalcable, revisar periódicamente la configuración de privacidad de las redes sociales y plataformas digitales, evitando que información sensible quede disponible públicamente.
En el comercio electrónico, la protección debe comenzar antes de realizar una compra. Es recomendable utilizar sitios confiables, verificar que la conexión sea segura y evitar proporcionar datos bancarios o personales en páginas desconocidas. Asimismo, se deben revisar las políticas de privacidad para comprender qué información se recopila, con qué finalidad y cómo puede utilizarse.
Otra medida esencial es desarrollar un pensamiento crítico antes de compartir información. No todo mensaje, enlace, anuncio o solicitud de datos es legítimo. Los intentos de phishing, por ejemplo, pueden utilizar correos electrónicos o mensajes que aparentan provenir de empresas conocidas con el propósito de obtener contraseñas, datos financieros u otra información privada.
Consecuentemente, la información personal tiene un valor trascendental en los entornos digitales, ya que permite a las empresas y plataformas conocer mejor a sus usuarios, ya sean persona físicas o morales para ofrecer servicios y crear nuevos productos, contenidos y publicidad adaptados a los distintos intereses.
Ahora sí, la respuesta al por qué la mayoría de las aplicaciones son gratuitas es porque nuestros datos representan una forma importante de intercambio. Por esta razón, es necesario comprender que cada búsqueda, publicación, compra o interacción digital puede generar información que tiene valor y que, en determinadas circunstancias, puede ser utilizada para fines comerciales o estratégicos.
En conclusión, proteger nuestros datos personales no debe considerarse únicamente responsabilidad de las empresas, sino también de cada usuario.
Tener contraseñas seguras, emplear la autenticación de dos factores, revisar la privacidad de las cuentas y, recapacitar dos o tres veces antes de compartir nuestra información; que son acciones sencillas que pueden reducir enormemente los riesgos.
En una sociedad cada vez más digitalizada, desarrollar una cultura de seguridad y privacidad es esencial para aprovechar los beneficios de la tecnología sin poner en riesgo nuestra identidad, nuestra seguridad, nuestra vida privada ni nuestra integridad.