Por Miguel Alejandro Estela La Puente
El Perú es un país en constante inestabilidad política y social. Por el momento, aunque mayoritariamente informal, precaria y limitada, la economía es el único factor estable que sostiene el pujante andar de los peruanos; evidentemente, lo poco que hay, se puede destruir en un día o, quizá, en horas. Nuestra historia lo ha demostrado, no es determinismo, se trata de reconocer la naturaleza cíclica del tiempo, pues, tarde o temprano, repetimos episodios a los que generaciones anteriores a la nuestra les tocó vivir. Ahora bien, si nos encontramos con episodios del pasado en nuestro presente ¿Cómo vamos a responder? ¿Qué soluciones vamos a dar?
Desde luego, nadie quiere, otra vez, un mensaje a la Nación de otro presidente anunciando “disolver el Congreso” o bancadas que han consensuado “vacar al presidente”. Tratemos, pues, que el factor político se sume al económico para fortalecer la estabilidad y reducir la polarización; esta última, la polarización, no sabe más que crecer desmedidamente, agudiza el enfrentamiento entre peruanos, promueve el odio y el sentido de pertenencia a una u otra facción.
Parece, que desde el año 2016, hemos señalado culpables, tales como: “los comunistas, los fujimoristas o los caviares”, póngale usted, la etiqueta que quiera, todas son facciones y lo único que han buscado ha sido imponer su influencia sobre las otras. Por un sinfín de razones: manejo del sistema de justicia, lobby en la prensa o adquirir fondos de la cooperación internacional.
Recordar el día de la disolución inconstitucional del Congreso en septiembre de 2019, a manos de Martín Vizcarra, y su operador Salvador del Solar, es sólo un pasaje de nuestra historia más reciente. Como el anuncio del 7 de diciembre de 2022 de Pedro Castillo, quien en palabras del congresista Bellido, estaba drogado, pues tan culto presidente sería incapaz de atentar contra el orden constitucional.
En fin, los peruanos vivimos la política de las bajas pasiones, el día a día de la portada del diario o la entrevista del podcast porque carecemos de partidos políticos sólidos y de grandes personalidades que representen capacidad de unidad y consenso. Esto no es nada nuevo, ya todos lo sabemos. La realidad no nos ayuda, así funcionan las cosas, aunque “deberían ser distintas”.
Pensar en el régimen político es pensar en un cambio estructural del Estado, modificar ciertos valores republicanos. Pensar sobre aquello a lo que no estamos acostumbrados, es decir, a largo plazo. Actualmente, el régimen político del Perú se suele llamar “presidencialismo parlamentarizado”, un modelo híbrido o, como prefiero llamarlo, un Frankenstein que se copió del sistema presidencial norteamericano en un inicio, pero rescatando categorías propias del parlamentarismo británico. El presidente puede, por ejemplo, ser el jefe de gobierno elegido por voto popular directo, pero el parlamento puede interpelar y censurarle ministros.
Dentro de nuestro chip político, nos ha sido dada la idea inmutable de que el presidente es el jefe de Estado y de gobierno. Esto significa que, aunque se nombre un mal llamado “premier” o “primer ministro”, el presidente sigue siendo cuestionado todos los días, participando en inauguraciones de obras, enfrentándose al Congreso o en otras actividades que no deberían ser propias de un jefe de Estado, el cual debería estar por encima del bien y del mal, ser símbolo de la unidad nacional y del equilibrio emocional del pueblo, limitado constitucionalmente, aunque su personalidad sea “cantar rancheras en la calle”. Creo que, en el Perú, ser jefe de Estado y de gobierno es incompatible y debemos pensar seriamente en la posibilidad de un presidente como jefe de Estado y un verdadero premier como jefe de gobierno, no como es ahora el presidente del Consejo de ministros, un vocero más que habla en nombre “del presidente de la República”.
Ahora que estamos en vísperas de las elecciones generales, el semipresidencialismo es una alternativa interesante para buscar estabilidad política; sobre todo, porque a partir del 2026 nuevamente tendremos senado, una cámara más reflexiva, que podría estar en condiciones de aumentar la calidad del debate político. La idea es crear un sistema que obligue a la clase política a establecer consensos sin recurrir a vacar al presidente o disolver el parlamento. Sartori, en su célebre texto “Ingeniería Constitucional”, decía que era viable transitar hacia regímenes políticos intermedios, como el semipresidencialismo. Si la economía se estabiliza junto a la política, el factor social será, cada vez menos polarizante; con ello, creo, podríamos gozar de fuerzas políticas moderadas capaces de alcanzar grandes pactos como políticas de Estado y disminuir los radicalismos, sean estos de izquierda o derecha, los que conducen, inexorablemente, hacia la agudización de las contradicciones y el conflicto.