¡Qué rápido pasa el tiempo! Apenas me doy cuenta y ya estamos por acabar abril. Pero nunca es tarde para recordar.
El pasado 3 de abril se celebró el Día de la Amistad Peruano Japonesa. Es una fecha que recuerda la llegada de los primeros 790 inmigrantes japoneses al Perú como mano de obra. Se podría decir que así fue como comenzó los primeros vínculos entre peruanos y japoneses. Pero la presencia japonesa en el Perú data de varios siglos atrás, incluso desde el siglo XVI. Aunque podemos insinuar que es mucho más antigua.
Si solo miramos a nuestro alrededor, podemos darnos cuenta que los vínculos entre Perú y Japón podrían ser más antiguos que la propia inmigración japonesa “oficial” (1899-1923). Muchos peruanos, sobretodo quienes conservan mejor los rasgos andinos, comparten similitudes fenotípicas (rasgos) de los japoneses: cabellos oscuros y lisótricos (lisos) y hasta ojos rasgados. Y si nos adentramos en la sierra, podemos ver que aún hay niños que nacen con la llamada “mancha mongólica”, la misma que muestran los niños asiáticos al nacer. Como bien lo dijo una vez el Dr. Ricardo Fujita, genetista peruano: “Los orígenes no se borran del ADN”.
No está de sobra decir que las migraciones intercontinentales pudieron haber facilitado este intercambio genético y también cultural. Para algunos quizás sean solo coincidencias, aunque realmente, son sorprendentes coincidencias.
Los tradicionales quipus peruanos tenían su versión japonesa: los Warazan. Estaban hechos de paja y fueron usados en la isla sureña de Okinawa hasta el siglo XX. Otra “coincidencia” es la pesca con guayanes de los antiguos Moches, cuya técnica se asemeja mucho a la técnica japonesa conocida como Ukai, en donde también utilizaban aves domesticados para atrapar a los peces. Y ya que hablamos de animales, podemos nombrar a los toritos de Pucará, que cada vez que los veo, me hacen recordar a los Shisaa de la prefectura japonesa de Okinawa. No son toritos, pero sí una pareja de perros-león que son colocados en los techos de las casas okinawenses como protección. Además, tenemos a los andenes peruanos que nos recuerdan a los Tanada japoneses, que son “andenes” para cultivar el arroz en países asiáticos como Filipinas, Vietnam, China y, por supuesto, Japón.
Pero como no todo sería coincidencia, también podemos recordar el estudio genético del 2009, que demostró la conexión genética entre los mochicas y los Ainu, un pueblo oriundo de Japón.
Y así podemos seguir enumerando muchos otros ejemplos, en donde los vínculos asiáticos con el Perú, especialmente con Japón, son más antiguos de lo que creemos. Así solo podemos pensar que no existen culturas o raza puras. Aunque suene paradójico, parece que lo original de una cultura radicaría en su propia multiculturalidad.