En los últimos días hemos conocido en Perú un poco más de Nepal, lamentablemente por el desastre que asoló a la nación asiática. Ambos tenemos mucho en común, más de lo que se cree. La pobreza, la informalidad y el desorden urbanístico, son solo algunos ejemplos. Porque, así como en Cusco existen los "porteadores", para hacer Caminos del Inca, es casi indispensable el apoyo de un "sherpa" para subir al Monte Everest.
Cada escalador paga a las compañías que organizan los viajes entre 35 mil y 90 mil dólares de los cuales sólo 5 mil van a los miembros del grupo étnico que vive a los pies de las altas montañas nepalíes. La renta per cápita media en el país es de 500 dólares anuales. Se entiende quiénes asumen el riesgo y quiénes se benefician más. Son los sherpas lo que realizan el trabajo duro en el pico de 8 mil 848 metros trazando el camino, colocando las cuerdas de subida y transportando las carpas, la comida y el oxígeno.
Hace un año una avalancha dejó 13 de ellos muertos. Abril es el mes de más visita a Katmandú para llegar a la cima de la montaña más alta del mundo. Pero a la vez es el más peligroso por los movimientos telúricos que sacuden esa tierra asiática. Precisamente el reciente terremoto dejó 16 sherpas y un gran número de alpinistas extranjeros fallecidos. La cifra podría quedar corta si se suma a los aún desaparecidos.
Días atrás entrevisté al montañista peruano Víctor Rímac. Me contó que salvó de morir gracias a su compañero Holmes Pantoja que lo llamó para refugiarse juntos debajo de una roca. Ambos tuvieron las agallas -y el corazón- de quedarse algunos días después del seísmo para hacer tareas de rescate. Víctor me dio una lección de vida. Pese a la adversidad me aseguró que volvería a Nepal porque aún no cumple su proyecto "Cumbre 8000".
Los sherpas abren paso para deportistas de aventura como Víctor y Holmes. Me pregunto si somos conscientes de la triste realidad. Las labores más arriesgadas las asumen los de menos recursos. Y cuando ocurre una tragedia, ¿cuáles son los sectores más vulnerables? Sí, no se equivoca, los más deprimidos. Aquellos a los que no les queda otra que vivir en las riberas de los ríos o en los caminos de los huaicos. Aquellos que construyen los cimientos de sus viviendas en tierra inestable o en las laderas de los cerros. Las autoridades peruanas tienen mucho por hacer si no queremos que ocurra una tragedia como la de Nepal. Y no se trata sólo de inclusión o justicia social sino de revisar por qué no todos tenemos las mismas oportunidades.