Punto de Encuentro

Keiko Fujimori y el reto de reformar el Estado

Autora Silvana Pareja

Las elecciones han terminado y el Perú inicia una nueva etapa política. La victoria de Keiko Fujimori no solo expresa el respaldo de una parte importante del electorado, sino también el deseo de cerrar un ciclo marcado por la confrontación, la inestabilidad y la desconfianza hacia las instituciones. Sin embargo, ganar una elección no equivale a gobernar bien. La legitimidad de origen debe convertirse ahora en legitimidad de resultados. Ese será el verdadero desafío del nuevo gobierno.

Durante los últimos años, el país ha demostrado que su principal problema no es únicamente económico, sino institucional. El Estado peruano ha sido incapaz de acompañar el esfuerzo de millones de ciudadanos que, pese a la burocracia, la informalidad y la falta de servicios, han logrado salir adelante. En muchas zonas del país, el Estado llega tarde, llega mal o simplemente no llega. Frente a ese vacío, los peruanos han construido sus propias formas de progreso: emprendimientos familiares, comercio informal, redes comunitarias y soluciones prácticas ante problemas que deberían ser atendidos por la administración pública.

Por ello, la primera gran reforma del nuevo gobierno debe ser la modernización del Estado. No se puede hablar de desarrollo si los ciudadanos siguen enfrentando trámites interminables, entidades duplicadas, municipios sin capacidad de gestión y servicios públicos desconectados de la realidad. Un Estado moderno debe ser simple, digital, eficiente y orientado a resultados. La tecnología debe servir para reducir tiempos, eliminar barreras burocráticas y facilitar la formalización. Formalizar no puede seguir siendo un castigo para quien quiere trabajar dentro de la ley.

Asimismo, el gobierno tendrá que revisar con seriedad el proceso de descentralización. Después de más de veinte años, resulta evidente que el modelo actual requiere ajustes profundos. La descentralización buscó acercar el poder a las regiones, pero en muchos casos terminó reproduciendo corrupción, improvisación y baja capacidad técnica. Esto no significa volver al centralismo limeño, sino construir una descentralización responsable, con autonomía, pero también con control, transparencia y rendición de cuentas.

El Perú necesita regiones fuertes, pero también autoridades capaces. Para ello, se debe fortalecer la meritocracia en los gobiernos regionales y locales, mejorar los mecanismos de fiscalización y garantizar que el presupuesto público se traduzca en obras, servicios y bienestar. No basta con transferir recursos; se necesita asegurar que esos recursos sean bien utilizados.

Keiko Fujimori tiene la oportunidad de construir un gobierno distinto. Su mayor legado no debería medirse solo en obras inauguradas o cifras macroeconómicas, sino en su capacidad para ordenar el Estado y devolver confianza a la ciudadanía. El país necesita estabilidad, pero también reformas. Necesita crecimiento, pero también instituciones que funcionen.

Los próximos cinco años serán decisivos. Si el nuevo gobierno se limita a administrar la crisis, habrá perdido una oportunidad histórica. Pero si se atreve a reformar el Estado, fortalecer la descentralización y acercar los servicios públicos a la gente, podrá iniciar una transformación real. El Perú ya eligió un nuevo rumbo; ahora corresponde demostrar que ese rumbo puede convertirse en resultados concretos.

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