Punto de Encuentro

Michifus el perrito

“Los perros no se llama MICHIFUS, ese es nombre de gatos”.

Hoy cumplirías 12 años, habíamos planeado hacerte una hermosa fiesta en el maravilloso parque privado que ya te habíamos conseguido como regalo prometido desde el día que llegaste a mi – “Un día trabajaré mucho para que tengas el parque que te mereces” – lo logré, el parque está aquí, pero tú no. No lo disfrutaste, siempre lamentaré eso.

Llegaste a mi vida un 10 y te fuiste de ella un 11, exactamente hace 29 días partiste al cielo de los perritos, el cual espero fervientemente que exista, pues no podrían existir seres tan perfectos y no tener un cielo a donde ir. Era una tarde fría y nublada del 10 de julio del 2014, fuiste un regalo adelantado de cumpleaños. No iba elegirte, me llamaba mucho más la atención de la colita de un perrito terrier blanco al que iba a llevar a casa, pero saliste de tu jaula impetuoso, corriendo, como escapando de ese lugar e inmediatamente conectamos, me recordaste a mi cuando me fui de la casa de mis padres, “Somos iguales, queremos escapar” – pensé. Eras una bolita blanca llena pelos que apenas entraba en mi mano. Te cogí por mi primera vez y empezaste con el lloriqueo débil de tu voz aguda, te puse en mi pecho y te dije “Hola pequeño”, seguramente sentiste algo significante porque dejaste de llorar y te acomodaste cálidamente en mí. Fuimos en carro camino a la compra de tu primera cama, plato y comida, pero además te compré tu primera ropa, un polito de lana color verde el cual te hizo lucir más adorable de lo que eras, y sería el presagio de lo que en tu vida significaría la ropa. Llegamos a casa y te puse en mi cama, te tomé tu primera foto para la cual posaste como si ser modelo lo hubieses tenido en la sangre. Luego me acerqué para tomarnos una foto juntos e hiciste algo que yo jamás había sentido: acercaste tu carita a la mía y lamiste mis mejillas de la manera más tierna y pura; algo cambió en mi desde ese instante, se sintió como si al “Gigante sin corazón”, del narrador de cuentos le hubiesen devuelto el suyo.

Tu primera revisión del veterinario fue crucial para saber lo que se venía en el futuro, tus valores habían salidos terribles, el veterinario advirtió que serias un perro enfermizo y que sería mejor dormirte: lo mire con cara de culo. Salí de esa veterinaria con muchas más gana de darte una vida feliz, y debía empezar por elegirle un nombre, un nombre que no muchos perros tuvieran, un nombre medio polémico que causaría confusión en cada veterinaria. Junto a una persona que solía quererte, pensamos que sería divertido tener un perro que tenga el típico nombre de gato y más adelante tener un gato que tenga un nombre de perro. Así que se decidió llamarte ‘Michifus’. Esa persona se fue de nuestras vidas, el gato con nombre de perro nunca se hizo realidad, pero el perro con nombre de gato se quedó.

 

Michifus o también conocido como “Michi, Michito, Michis, Mizi, Michigengo, Michitochi, Michi bebé, perro viejo, ratita, mi rey” fueron muchos de los sobrenombres con los que te llamaban. Cada persona que te fue conociendo se veía envuelta en la maraña de encantos pues despertabas hasta en el alma más dura la ternura que por algún lugar tenían escondida. Mi primera prueba fue mi mamá, cuando te llevé a su casa lo primero que me dijo fue “¿Para qué tienes perro? Un perro es para cuidarlo y ser responsable, no eres responsable ni con tu vida y vas a estar cuidando un perro” trate de acercarte a su rostro y se negó diciendo “saca eso de aquí”, un año después ella quien nunca me llamaba al celular, empezó a llamarme constantemente solo para saber si Michi estaba bien, si había comido camote o si lo teníamos bien cuidado, ella te amaba con desdén, se convirtió en tu primera fan.

La ternura desbordante, la mezcla de la inocencia y la imagen de peluche que tenías derretía cualquier corazón, sin embargo, había unas características que todos siempre resaltaban en ti y de lo cual siempre me jacto, eras un perro extremadamente educado; y aunque al principio no lo eras, pues rompía zapatos, mordías todos los cables de celular que encontrabas y hacías pipí por todos lados. Ocho meses de educación mediante tutoriales de YouTube hizo que tu comportamiento cambie para ser el deleite de quien te conocía.

Nos mudamos muchas veces y te adaptaste a todos mis cambios, viviste con diferente roomates y a cada uno le robabas las medias que luego llevabas sigiloso a tu cama para esconder bajo tu mantita “¿Michi tiene mis medias?” me preguntaban Maiu, JP, Julio y Olga quienes vivieron contigo en tus primeros años y a quienes le hurtabas por algunos momentos las medias usadas de sus zapatos. No sé si era una forma de molestarlos o de querer tener recuerdos de ellos porque los querías mucho, pero si fue una costumbre muy divertida que tuviste con todos, al igual que comerte la legaña. Siempre que te sacaba la legaña de tus hermosos ojos inmediatamente me lamias los dedos, lo hiciste desde pequeñito y mantuvimos la costumbre.

Tenías el pelaje crema al inicio y luego se puso mas blanco, tu colita se enroscaba levemente hacia arriba, no eras toy pero tampoco era mediano, tenías el tamaño ideal para llevarte en mis brazos, eras una mezcla maravillosa entre bichón y poodle, pero tu característica física más hermosa era tus ojos marrones. Tus ojitos de canica que brillaba con un espléndido destello que te daba un aura mágica, ¡Qué hermosos ojos tenías! Los ojos más perfectos que jamás me miraron; y esa mirada, la mirada más honesta del universo, no necesitabas hacer nada, con una miraba tuya bastaba para saber que me amabas con todas tus fuerzas. No ladrabas a menos que toquen la puerta fuerte, te apoderaste de todos los muebles y paseaste por cada sillón a toda tu colección de peluchitos que amabas con todas tus fuerzas como si fueran tus hijitos.

Te enfermaste mil veces (nos parecíamos muchos hasta en eso), operaciones, el estómago, la piel, las patitas, los tumores y mil cosas de las que te salvaste y saliste airoso. Me hicieron pensar que podíamos enfrentarnos juntos al mundo si queríamos. Cada vez que te vestía y te sacaba a pasear, era un espectáculo las chicas se derretían, los chicos se querían tomar foto contigo y los otros perritos se retorcían celosos de lo mucho que brillabas con tu sola presencia. Tu imagen de modelo se materializó cuando un 10 julio (día de tu cumpleaños) lanzamos nuestro propio proyecto de moda canina: GUAUFIT. Una marca inspirada en ti y que nació al igual que tú un 10 de julio. Cada año con Guaufit y los clientes celebramos tú cumpleaños y el aniversario haciendo algún sorteo o un live con nuestros seguidores. Eras el modelo perfecto, todo el que te tomaba una foto se quedaba impresionado de tu belleza, parecía irreal tu desenvolvimiento ante una cámara, definitivamente habías nacido para eso.

Cuando Rocko llegó a nuestras vidas todo cambió para mejor, la figura masculina llegó para que seamos una familia completa. Pasamos miles de noches jugando contigo antes de dormir, algunas donde los encontraba dormidos juntos y abrazados sin mí, como dos chicos cansados de hacer travesuras. Rocko te enseñó a no alocarte cuando salías a la calle, dejaste de querer cruzar la pista como un suicida y aprendiste a caminar sin correa con él, a hacer berrinche si no te paseábamos en su carro, a dar la patita después de mil intentos y esperabas siempre su permiso para tocar tu plato. Además, que conociste a tu segunda fan tu abuelita “Mar” que se enamoró tanto de ti y te quedabas largas temporadas con ella en Miraflores, luego era difícil hacer que no la extrañes, la amaste tanto como ella a ti, porque conectaron desde el día uno, incluso paseabas más con ella que conmigo y definitivamente fue de las personas a las que más agradeceré su amor y cuidados por ti.

Michi, pasamos buenas y malas épocas, sobrevivimos a pandemia, y a los veranos que ambos odiábamos. Eras chismosito, te gustaba ver desde tu balcón a la gente, no te gustaba el silencio y siempre te dejábamos la tele prendida al salir de casa, me escuchabas cantar como loca intensa cada aria de ópera que estoy segura de que ya te sabías Il Dolce Suono de Luccia de Lammermoor o al menos identificabas bien la voz de Pavarotti. Soportaste cada uno de mis cambios emocionales, y eras el primero en darte cuenta cuando yo estaba enferma, cambiando tu comportamiento cuidándome desde la puerta de mi cuarto, no dejando que nadie se me acerque porque pensabas que me iban hacer daño, nadie te podía mover de la puerta cuando te dabas cuenta de que estaba enferma, eras como un guardián. Si me veías llorar saltabas de inmediato a la cama para lamerme las lágrimas y toda la cara con tal de no verme mal.

Amábamos el invierno y en cada uno de los que viviste tuviste los mejores Guaufits de la temporada, derritiendo los corazones de quien te viera. Eras un perro amigable con los humanos y celoso con los otros perros, pero sobre todo te gustaba ser el centro de la atención cuando venía la visita, te pavoneabas con todos y no había quien no se asombraba del ángel que tenías y lo fashion que eras.

Podría escribir cada uno de tus recuerdos y me saldrían mil libros, pero ni siquiera todas las palabras de universo te describirían exactamente o llenarían el vacio que deja tu presencia, ni siquiera ver todas tus fotos ayuda a acercarnos al maravilloso ser que tuve la dicha de llamar “hijo”. Porque no era “solo un perro”, como me han dicho muchos, era mi hijo, y eso me hace repetir y por fin entender la mejor frase que dice Cersei en Juego de Tronos “Nunca amas nada en el mundo como amas a tu primer hijo”.

La misma enfermedad que se llevó a mi hermano se apoderó de ti y aunque luchaste valientemente en cada quimioterapia, finalmente tu cuerpo a no pudo más y te fuiste tranquilamente un jueves a las 5 de la tarde en compañía de tus padres y tu tía Victoria. Te dormiste en mis brazos, no sin antes tener un picnic con tu clásico pollito a la brasa (que te dábamos en cada cumpleaños), juntos a tus peluches y tus padres horas antes de irte de nuestras vidas. Nuestro último día juntos fue en el parque que con amor elegimos para ti y que disfrutaste tan poco. Te llevaron en una mantita que te regalo tu abuela y con tu peluche rosado que jamás dejabas. Todo se sintió tan irreal, tan rápido, tan intenso, supongo que también murió una parte de mi esa tarde.

Enfrentar la realidad de que te cremaron y que ahora solo existen en cenizas es tan dolorosa que creo que esto es mentira, sigo entrando a la casa y espero que salgas a recibirme moviendo la cola, dejo prendida la tele cuando salgo pensado que sigues aquí, no he movido tu cama, no he movido tu ropa (que aún tiene tu olor), el resto de tu peluches siguen en su sitio esperándote, no quiero ni siquiera abrir las cajas de la mudanza que aun me faltan porque seria una falta de respeto seguir adelante sin ti. ¿Cómo se sigue sin el amor de tu vida? ¿Cómo continúas una vida sin la razón que te hacías despertarte? El duelo es la peor experiencia que he conocido hasta ahora, no se lo deseo a nadie, ni si quiera a la persona que más odia.

He decidido volver a escribir para Punto de Encuentro porque te prometí tres cosas antes que tu corazón deje de latir, y una de ellas era no dejar de escribir, no sé si estas letras sean atractivas, para quien las leas sin haberte conocido, pero si tú también perdiste a tu perrito, a tu hijito, probablemente sepas de lo que estoy hablando.

Hoy es tu cumpleaños y no sé a quién le daré el pollo a la brasa que pedimos cada 10 de julio, no abra una torta, no cantaremos Happy Birthday para nadie el día de hoy. No haré un hermoso Guaufit para que lo estrenes como en cada cumpleaños. No iras a la casita de tus abuelos a compartir un rato. Solo hay una casa nueva y vacía, con gente, pero sin vida, sin alma, sin una razón…

Te extraño Michifus, por favor vuelve.

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