Por Chengzun Pan
Recientemente, el Centro de Investigación Pew de Estados Unidos publicó una encuesta global según la cual, en 25 de los 36 países analizados —con más de 42.000 personas encuestadas— la imagen favorable de China supera ya a la de Estados Unidos. Es la primera vez que ocurre desde que este estudio comenzó a realizarse en 2002.
Tras la publicación del informe, muchos medios centraron su atención en la idea de que "China ha superado a Estados Unidos". Sin embargo, en mi opinion, el verdadero significado de esta encuesta no radica en que Occidente considere ahora que China sea mejor que Estados Unidos, sino en que refleja un cambio mucho más profundo y complejo en la percepción mundial sobre el orden internacional y el papel de las grandes potencias.
Durante décadas, Estados Unidos no solo ha sido una potencia económica y militar, sino también un país con una enorme capacidad de influencia institucional y política. Muchos países optaron por cooperar con Washington no únicamente por su fortaleza, sino porque representaba un orden internacional relativamente estable y predecible.
No obstante, en los últimos años la polarización política interna en Estados Unidos se ha intensificado. Los cambios de gobierno han venido acompañados de constantes modificaciones en las políticas públicas e, incluso dentro de una misma administración, se han observado rectificaciones frecuentes en materia comercial, diplomática y de política exterior. Para muchos países, el verdadero problema ya no es si Estados Unidos sigue siendo poderoso, sino la incertidumbre sobre cuál será su próxima decisión.
En las relaciones internacionales existe un factor que con frecuencia pasa desapercibido, pero que resulta fundamental: la previsibilidad.
Una empresa firma un contrato de largo plazo no necesariamente porque la otra parte ofrezca mayores beneficios inmediatos, sino porque confía en que cumplirá sus compromisos. Lo mismo ocurre entre los Estados. La diplomacia no depende únicamente del poder, sino también de la credibilidad. La experiencia demuestra que la fuerza militar, por sí sola, no basta para construir relaciones sólidas; la confianza es un activo que se construye con el tiempo.
Quizá esa sea una de las razones por las que la imagen internacional de China ha mejorado en los últimos años. No todos los países comparten su modelo de desarrollo, pero cada vez más gobiernos y sociedades perciben a China como un socio cuyas políticas mantienen una mayor continuidad y estabilidad. En un mundo lleno de incertidumbre, la estabilidad se convierte en una ventaja competitiva.
Por supuesto, ello no significa que el mundo se haya inclinado completamente hacia China. Este tipo de encuestas refleja principalmente una tendencia. Lo que parece evidente es que la tradicional inclinación de la opinión pública internacional hacia Estados Unidos comienza a mostrar señales de debilitamiento. Para los chinos que vivimos en el extranjero, esta evolución también tiene un significado positivo, pues favorece una mayor comprensión y un mayor respeto hacia nuestra comunidad.
Lo más relevante, sin embargo, es que cada vez más países toman sus decisiones en función de sus propios intereses nacionales y no exclusivamente desde una perspectiva ideológica. Para países en desarrollo como el Perú, esta realidad resulta especialmente importante. Quien sea capaz de ofrecer mercados, inversión, infraestructura y oportunidades de cooperación de largo plazo será quien genere mayor confianza.
En China existe cierta preocupación de que el nuevo gobierno peruano, debido a la trayectoria personal de sus principales líderes, adopte una postura marcadamente proestadounidense. En mi opinión, esa visión subestima la capacidad de la élite política peruana para actuar con pragmatismo.
Actualmente, el intercambio económico entre China y el Perú supera el 30 % del PBI peruano. Además, desde 1992, la inversión acumulada de China en el país supera los 35.000 millones de dólares y representa aproximadamente una cuarta parte del stock de inversión extranjera directa. Frente a un nivel de integración económica de esta magnitud, cualquier gobierno peruano deberá evaluar cuidadosamente sus intereses nacionales al definir su política hacia China. Alejarse deliberadamente de un socio estratégico implicaría costos económicos que difícilmente podrían compensarse con eventuales beneficios políticos.
La política internacional, la gestión empresarial e incluso las relaciones humanas comparten una misma lógica de fondo. La confianza duradera nunca se construye únicamente sobre la fuerza, sino sobre la credibilidad. Porque la credibilidad no solo constituye el activo más valioso de una persona o de una empresa, sino también uno de los recursos estratégicos más importantes de un Estado.