En situaciones normales de una lucha contra la inmoralidad pública, en el seno del primer poder del Estado y desde una comisión congresal dedicada a la ética, no se debería dar tantos tumbos tal como ha venido ocurriendo en el grupo parlamentario presidido hasta hace poco por el congresista Humberto Lay. Quizá por eso a tiempo, y en “salvaguarda” de su candidatura presidencial, Lay calculó el momento oportuno en que debía escapar de la misma con el objetivo de “refrescar” su imagen política.
Obviamente este pastor evangélico ya es todo un ducho y tradicional parlamentario que sabe muy bien que con varios meses fuera de la Comisión de Ética tendrá el tiempo necesario para mediatizar las críticas y los balances a su forma de participación parlamentaria como presidente de dicha comisión y con la mira puesta en que, cuando caliente la campaña electoral, el elector se habrá olvidado de lo mucho que hizo mal o de lo poco que hizo bien.
Como parte de esa evaluación necesaria a la gestión de un político y de un funcionario público, como Lay, llama poderosamente la atención que al final todos los integrantes de la Comisión de Ética estuvieran como cortados por la misma tijera, entendiéndose muy bien fuera de las cámaras de TV o de los flashes de los reporteros. De ese modo, con gestos fingidos de un lado o teatralizaciones del otro, los “colegas” son salvados tal como ha ocurrido con el caso del congresista oficialista Jhon Reynaga y con el huidizo parlamentario Wuilian Monterola.
En el proceder y desempeño de estos dos congresistas existen denuncias graves que debieron ser atendidas por la Comisión de Ética de forma más responsable, seria y profunda. Lamentablemente, el amiguismo y esa trillada frase de “otorongo no come otorongo” son norma y a estas alturas las connivencias o contubernios son moneda corriente dentro de ese grupo parlamentario. Al final el cálculo político y acomodaticio es lo que prima.
En este contexto, por ejemplo, un pastor como Lay aparece como acusador del congresista Reynaga, o como censor de los parlamentarios fujimoristas viajeros a Puno, pero por otro lado aparece pidiendo licencia para no enjuiciar el caso del congresista Monterola, y encima prácticamente entrega el expediente de este parlamentario a la decisión del parlamentario Juan Díaz Dios, resultando finalmente todos libres de polvo y paja. Por tanto, la Comisión de Ética, bajo la presidencia del pastor Lay, será recordada como el mejor escenario para la bufonería y el sainete.