Punto de Encuentro

El peruano y su relación tóxica con el fútbol

¡Adivine qué! Sí, perdieron otra vez… y escribo perdieron y no “perdimos” porque no me quiero mezclar en el gran universo de peruanos que se idiotiza cuando once jóvenes - con habilidad para correr rápido y patear un balón – usan la camiseta roja y blanca con nuestro escudo nacional y “nos representan” en una cancha de  75 x 110 metros. Yo no me identifico, lo siento amiguitos, no veo nada heroico en eso.

No voy a hablar de la historia del fútbol porque estoy segura, que de eso, la mayoría de peruanos sí se informa, pero sé que puedo ser la voz de ese grupito que ignoran los días como hoy, sé que hay muchos y muchas como yo: personas que no amamos el fútbol.

No es que nunca me haya gustado el fútbol, no nací odiándolo, de hecho se me inculcó desde pequeña una devoción ciega por este deporte, durante toda mi niñez y adolescencia “disfruté” (nótese que está entre comillas por favor) ver a la selección peruana en cada eliminatoria, copa américa, partidos amistosos y cualquier encuentro por más irrelevante que fuese. De niña era divertido el compartir con mis hermanos y mis vecinos esos gritos apasionados frente al televisor. En la adolescencia ya no era exclusivamente una diversión, empecé a ver a jugadores como Pizarro o Flavio Maestri como mi Crush y ya no solo era el deseo de pasar un buen rato con mi gente, sino, el intenso deseo de que mi selección gane algo, porque en aquellos años los idealizaba tanto que los sentía como míos, como si me representaran.

Cuando pasé los veinte años el entusiasmo había disminuido considerablemente, había padecido tantas derrotas que hasta me había creado mi propio mantra contra los desencuentros de la selección y lo repetía al inicio de cada partido “ya sabes que van a perder”; porque no quería ilusionarme nuevamente con once seres que no conocía, que no se tomaban en serio su trabajo y que  - en su mayoría - eran más jugadores que deportistas.

Creo que sí puedo especificar cuando ocurrió el quiebre de esta relación llena de desilusiones que tuve con el fútbol peruano (no el de antaño, sino el que me tocó ver). Recuerdo con especial cariño el mundial de Brasil 2014, primero porque estuve muy cerca de ir y segundo por el partido Brasil vs Alemania. Pude haber ido al mundial de ese año. Brasil estaba cerca. Tenía el tiempo, el dinero, pero no la selección; así que decidí no ir porque naturalmente me iba a sentir como una tonta paria en un mundillo perfecto de personas que se sentían orgullosas de su equipo, un sentimiento que ya no estaba en mí. Quiero dejar claro que si pudiera volver el tiempo atrás me tiraría la cachetada más grande del mundo por desperdiciar un viaje que pudo haber sido tremendo y lleno de grandes experiencias. Sin vacilación le diría a la Patrizia de hace seis años “¡Diviértete estúpida! ¡Viaja! La gente no solo va por la selección… ¡Va para pasarla bien!”. Esa pequeña Patty necesitaba algo que la haga abrir los ojos y eso sucedió con el partido Brasil vs Alemania. Vi sola el partido, desde la comodidad de mi cama y con todas las ganas de gritar los golazos de Brasil, anhelando esos triunfos a los que esa selección había acostumbrado a toda Sudamérica, pero ni siquiera hace falta recordar lo que sucedió esa tarde; aún tengo grabada en mi memoria la cara de tristeza del señor que lloraba cogiendo su réplica de la copa del mundo, mientras los alemanes humillaban a todo un país con la monosílaba más cruel que puedes escuchar en un estadio cuando la suerte no está de tu lado “¡Gol!” Brasil había perdido. El mundo y mi ser no lo podían creer, estaba atónita, pasmada y triste; pero ahí mismo apareció el meollo de este asunto, el nudo de esta historia: no sentía ni cólera, ni decepción por esa selección (a pesar que la sentía como mía), ellos no me habían decepcionado, y algunos partidos más adelante seguramente volvería a darles mi confianza y mi respeto; porque ellos sí eran deportistas, no el chiste que cada vez se ha deteriorado más en este país y al que con tanta osadía y descaro llamamos “futbolista”.

La declaración de mi ruptura con el fútbol se dio esa tarde histórica en la que aparecieron miles de memes de Hitler, pero las señales del daño ya habían empezado a aparecer en programas de espectáculos que por más que los odiáramos no hacían más que mostrarnos una realidad que aún hoy 2020 no hemos aceptado: no tenemos buenos futbolistas. Este es un tema que no solo tiene que ver con el mal comportamiento de un grupo de jovencitos, esto va más allá de hecho de que Magaly los encuentre en un ampay, esto tiene que ver con la educación y algo que muy pocos gobiernos le han dado importancia: la nutrición.

Son muy pocos los colegios estatales que tienen buenas canchas y buena infraestructura para que los niños puedan desarrollar todas sus habilidades a gran amplitud, estudié en colegios donde las tapas de mis libros eran más gruesas que las colchonetas donde teníamos que hacer abdominales y donde las canchas eran tan pequeñas que salíamos a correr una vuelta a la manzana. No existen suficientes becas de estudios para los jóvenes que sobresalen en el deporte (sea fútbol o no), no hay motivación para cultivar esas actividades hasta llevarlas a ser una carrera profesional. Por otro lado, el tema de la nutrición es algo tan fucking IMPORTANTE, pero se toma como algo TÁCITO  - o algo que solo le compete a la familia cuando es algo mucho más gubernamental -, y se trata tan poco en los colegios; si quieren comprobarlo vayan a ver los quioscos de cada Intuición Educativa de este país (cuando reinicien las clases) para que sepan que ahí reinan las grasas trans y las bebidas con altos niveles de azúcar, encontraran más salchipapas que en los mismos fast foods… y entonces la pregunta es ¿Cuándo se crean los deportistas? si la  buena alimentación de un niño es la base para tener huesos, músculos y articulaciones fuertes ¿Por qué nos importa tan poco que la gente se alimente bien? ¿Por qué en el país con la mejor comida del mundo, la gente se alimenta tan mal? ya que no es lo mismo comer que alimentarse, lo segundo es algo que no nos enseñan y que tal vez lo aprendemos cuando visitamos el nutricionista al tener sobre peso o articulaciones deterioradas. La base de un deportista es la alimentación, la disciplina y la educación. Pero vivimos en un país donde al niño flaquito del barrio emergente (usualmente mal alimentado) le hacemos creer que puede ser dios solo por dominar bien un balón y que NO NECESITA NADA MÁS QUE ESO; limitamos a los niños a ser sólo jugadores, les vamos metiendo la idea de que el talento lo es todo, cuando justamente en el momento que se descubre el talento se les debe enseñar a alimentarse correctamente, a tener horarios, cumplir sus obligaciones para con la escuela (lo que resumiríamos como disciplina), a leer para poder hablar bien en público, para no dar luego espectáculos de lenguaje tan deprimentes como nuestros monosílabos representantes de la blanquirroja… pareciera que no queremos deportistas y los pocos que realmente lo son como Claudio Pizarro o Gladys Tejeda (quienes realmente si hacen lo necesario por dejarnos bien ante el mundo) simplemente los ignoramos porque han pasado la barrera de lo que esta gran cantidad de mentes limitadas – que hoy se indigna contra un árbitro chileno – requieren; ese perfil añorado siempre tiene las siguientes características: un hombre (jamás una mujer), ese chico que salga del barrio; amante de la salsa y los privaditos, que no pueda hacer simbiosis  emocional con alguien que no sea o modelo o chica reality; que vista ropa mostrando todas las marcas posibles para que el mundo sepa que ya tiene “platita”; que no forme familias estables y tenga muchos hijos con diversas mujeres; que ame la cerveza más que a su país y al cual le van perdonar cualquier derrota dentro de la cancha con tal de que se haga algunas gambetas pintoresca un par de veces, para luego tapar su pésimo desempeño con la frase futbolística que más personas conformistas ha dejado en este país: “Por lo menos jugaron bien”. No es un buen juego si no se gana, y si entra a la categoria de juego entonces no hablamos de deportistas, sino de jugadores, eso que aún no entienden que es lo único que se puede aspirar si no se cubren las falencias tan grandes que este país requiere para generar verdaderos talentos en cualquier deporte.

Lo más  increíble del tema de la pobre aspiración que tiene el peruano promedio de un verdadero equipo de fútbol es que siendo la cosa más básica y menos memorable que tiene un país como el nuestro, termina siendo la única cosa que puede llegar a unirnos de una manera inexplicable y con más pasión que nada en este universo; me atrevo a decir que ni la guerra con Chile unió tanto a los peruanos como el odio que siente hoy por un árbitro que favoreció a otro equipo. Una forma de razonar tan altamente llena de impulsividad que incluso los ciega a tal nivel que perdonan derrotas culpando a terceros; cual enamorado sumiso que perdona a la tóxica de su novia porque siempre le encuentra excusas y tiene la inagotable esperanza que un día cambiará. Así se ven - queridos amiguitos indignados – sufriendo por algo que no mejorará su vidas en absoluto, como cuando se sufre por una básica, por una chica sin futuro, que siempre les ha sido infiel, por una borracha que no se esfuerza en lo más mínimo por darles una alegría o los impulse a crecer; lo peor es que saben que esa tóxica ni siquiera quiere mejorar; pero ahí siguen, ciegos, ilusos, perdonando  y perdonando, tapándose los ojos sin querer ver que el problema es más profundo y viene de años atrás.

¿Cuál será el misterio del fútbol? No lo sé, solo puedo decir en voz de los que ya hemos vencido esa relación toxica con el fútbol peruano, que si pudieron abrir los ojos con los congresistas y algunos político de este país, no pierdo la esperanza que un día lo hagan con sus pequeños ídolos de barro.

Atentamente: alguien que cree que el mundo es lindo con o sin fútbol.