El gran drama político de nuestro tiempo es la terrible y cada vez más profunda desconexión de los intereses y anhelos de la gente con las élites económicas y políticas que gobiernan el país. La soberanía nacional ha dejado de pertenecer al pueblo quienes sienten que viven en un país que no los representa.
Sin embargo, las élites insisten y ahora apelan al “ideal Republicano” para ganar legitimidad y justificar sus políticas. Como dice Carlos Meléndez, en su artículo “El verso Republicano”: Nuestro establishment dirigencial –tecnócratas “de lujo” e intelectuales “comprometidos”– nos ofrece así su horizonte bicentenario, que aunque identifica en la informalidad el principal obstáculo no sabe abordarlo. Pero entendamos la informalidad, no como un mero hecho económico, sino como una intrincada manera de relacionarse con el prójimo. Una forma de vida, un “Ethos informal”, ese chip individualista anti-estatal del peruano promedio, como anota Meléndez.
Nuestros tecnócratas creen que para reconciliar a una nación herida, se resuelve con crecimiento, educación y algunas reformas. Pero ese voluntarismo condescendiente supone un compromiso que el pueblo no comparte, pues le falta esa “conexión a tierra” que las Instituciones no proveen y que el conservadurismo ha sabido aprovechar.
Sin duda, Meléndez no es optimista con la fórmula republicana planteada desde una tecnocracia naif, pero tampoco hace una oda a la informalidad, como dice Carlo Mago Salcedo en “Carlos Meléndez, el antirrepublicano”. Defensor del Partido Morado de Julio Guzmán, Salcedo dice que la promesarepublicana permanece incumplida porque fundamentalmente las élites nunca llegaron a comprometerse con el desarrollo nacional. Por ende, la solución pasa necesariamente por“la ejecución de proyectos colectivos promovidos por ciudadanos virtuosos, lo que implica la construcción del sujeto político (partido) o, como diría Jorge Basadre, de la élite política encargada de comandar esa noble tarea”
Lo que se plantea es entonces un República liberal, tecnocrática, elitista, una economía de mercado pero con “igualdad de oportunidades” esa idea acuñada en las facultades de economías gringas e implementadas (¿impuestas?) por los organismos internacionales. En resumen más de lo mismo.
¿Por qué aferrarse nuevamente a las élites de derecha o de izquierda para que comanden “esa noble tarea”?. Se equivoca Salcedo, el problema no es que las élites no se comprometieron ni se comprometen con el desarrollo nacional. El problema son las élites.
Si en el fundamento de la República, la soberanía reside en el pueblo ¿por qué no apelar a él?