Punto de Encuentro

En busca de salidas a la crisis presente

ÁNGEL DELGADO SILVA

El arribo del Covid-19 ha trastornado radicalmente al país. Al volverse pandemia ningún ámbito de la vida colectiva quedó exento. Y, por lo tanto, su resolución demanda acciones conjuntas y coordinadas de todas las esferas de gobierno, a pesar que el eje siga siendo la salud de los peruanos.

No comprenderlo provoca un espejismo gubernamental: unilateraliza su  actuación, disocia tareas mancomunadas, oculta aspectos de la realidad y bloquea una estrategia capaz de abarcar a todos los frentes. La guerra al coronavirus no se librará en un solo campo de batalla.

Sin duda, la dirección medico-sanitaria resulta esencial, pero denota insuficiencias al discurrir los días. El heroico esfuerzo de los profesionales de la salud debe complementarse con medidas para la seguridad, la producción, el apoyo social, la educación, el bienestar poblacional, la protección del empleo, la mantención de los circuitos comerciales, etc. Y, para estos efectos, será menester una conducción política firme y certera.

Reconocemos que, si bien con tardanzas y negligencias, la inmovilización social fue pertinente pese a sus fallas. Había que impedir que el contagio inmediato hiciera colapsar al sistema hospitalario. Toda cuarentena  persigue ganar tiempo para que el frente médico-institucional sea fortalecido, en aras de una cura mejor. Pero estas expectativas naufragaron pronto. El volumen de infectados diariamente crece sin cesar, mientras los atosigados hospitales han perdido toda capacidad de atención. La población llora por el maltrato y la muerte de sus familiares,  mientras en paralelo médicos, enfermeras y auxiliares protestan airadamente por la falta de equipamiento, protección y el abandono. La crisis ha llegado al seno de la propia Salud Pública.

Pero el Gobierno reacciona mal ante este fracaso objetivo. Transcurridos más de 40 días omite explicar por qué la curva no se ha achatado ni tenemos nosocomios aptos. Peor aún, esconde información calificada. Entonces ni siquiera tenemos una estadística confiable, por el empecinamiento de mezclar pruebas heterogéneas. En consecuencia, carecemos de un diagnóstico preciso para registrar el avance de la enfermedad entre los diferentes grupos poblacionales. De continuar por este penoso derrotero, el salir airosos de esta crisis será pura ilusión.

Aunque la cuarentena pueda ser inocua o insuficiente para lo sanitario, sí resulta tremendamente letal para la convivencia social. Los daños colaterales, así llamados, son catastróficos. Crean fisuras dramáticas, dolores infinitos y una secuela de tensiones que estallarán en un futuro no lejano. La propaganda oficialista minimiza este escenario y con inusitada demagogia “opone salud a economía”. Así resucita la vieja polarización entre la gente sencilla y los poderosos interesados sólo en lucrar. Sofisma vulgar y mentiroso: con el país paralizado no hay trabajo ni ingresos y solo queda morir para los más pobres.

Entiéndase, no estamos hablando de la crisis económica, de la caída de PBI, de la quiebra empresarial, del cierre de mercados, de la pérdida de utilidades. Siendo gravísimo, nos recuperaremos con el tiempo. Hablemos del infortunio de millones peruanos reducidos a la indigencia y la desesperación, enclaustrados sufriendo el lento paso de las horas. Esas personas no perderán oportunidades ni posiciones. Están pugnando por sobrevivir, literalmente. Y, por lo mismo, en peligro su existencia y la de los suyos. La desesperanza empozada, más temprano que tarde, trocará en exasperación y una ira descomunal.

Contra los inadvertidos de siempre el anunciado desborde social ya empezó. Decenas de miles invaden las carreteras para retornar a sus terruños, la cuarentena hace flecos por todos lados ante la inacción policial, los motines en las cárceles se multiplican, la desconfianza ante las autoridades va en aumento, a pesar del talk show presidencial, del mediodía. La prensa parametrada ya no puede disimular esta lacerante realidad. Y no es necesario ser zahorí para imaginar convulsiones, saqueos e insubordinación generalizada. Un dantesco espectáculo que devorará al país.

Está clarísimo que Vizcarra y su legión de ineptos no van la solucionar nada. Más bien son responsables del caos venidero por su incompetencia inexcusable y su negativa tozuda a cambiar rumbos. No es racional que la torpeza encarnada en el señor Zevallos (Premier porque otros temieron al cierre del Congreso) y su morralla de Ministros de ocasión, sigan gobernando al Perú con coronavirus. Era un Gabinete fallido desde antes. No daba pie con bola aun sin Parlamento. Por sus actos deshonestos para Odebrecht alumbraron un síncope ministerial, remendado con las justas. En serio, estos personajes de historieta, ¿están a la altura de las circunstancias?. ¿Tienen moral para recabar la confianza del Congreso, cuando la opinión pública los ha repudiado hace rato? Un NO rotundo es la única respuesta.

Mas la incapacidad no sería lo peor. En el Estado la estupidez nunca está huérfana. Viene acompañada por la corrupción. La salida apresurada de los titulares de Salud y el Interior hiede por doquier. Ya habrá oportunidad para investigar pero todo delata una putrefacción mayúscula, como en el más infecto albañal.      

Si Vizcarra persiste en esta gentuza –salvo honrosas excepciones– que, de hace un tiempo, ha capturado vorazmente los aparatos del Estado, allá él. Cuando acabe su mandato, comparecerá ante la Justicia. Mientras tanto, hagamos un clamor popular demandando la dimisión de Zeballos y sus secuaces. Y si no hacen caso, exijamos al Congreso de la República que los interpele y censure ya. ¡Queremos un Consejo de Ministros de verdad!. ¡No farsa ni caricatura!. Un equipo de gobierno integrado por los más capaces, independiente de su color político, como Pilar Mazzetti o el almirante Jorge Montoya, por ejemplo.

Necesitamos un Gabinete de Ancha Base, pero también un Gobierno de Unidad o Salvación Nacional, como se estila en épocas de guerra, catástrofes o crisis como la presente. Esto significa abandonar el chip confrontacional de gobierno de los últimos años. Polarizar al país fue una exitosa apuesta vizcarrista, especialmente por el cierre del Congreso. Recolectó aplausos y aceptación que su  pésima gestión no le daba. El problema ha saltado cuando dicha receta se usó para enfrentar la pandemia. Y, por eso, el desastre estrepitoso, contundente y total. No bastó el monólogo diario para el encumbramiento presidencial. El superhéroe no dio fuego como antaño, porque las circunstancias habían mutado sustancialmente; cosa que jamás se entendió.

Constituir un Gobierno de Unidad Nacional no implica destituir a Vizcarra, pero sí acabar con el sectarismo y garantizar una representación amplia, sin exclusiones previas. El Parlamento, recientemente elegido, no debe sentirse relegado por la situación. Tiene el histórico e irrenunciable deber de sacar cara por la ciudadanía, toda  vez que goza de una legitimidad plena y fresca. Y así garantizar una transición ordenada y pacífica, en las fechas establecidas por el cronograma electoral. ¡El Perú Bicentenario, se lo merece!

Lima, 29 de abril del 2020

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