Danilo Guevara Zegarra
Tal como lo advertíamos en la primera entrega, el Bicentenario nos alcanzará atravesando un escenario bastante sombrío. Los pronósticos prevén que la pandemia habrá originado una caída del PBI cercana al 16% lo cual generará una reducción significativa no solo en la recaudación fiscal y las cuentas nacionales -comúnmente percibidas lejanas e impersonales- sino en la economía de millones de hogares peruanos.
Se anticipa que muchas empresas de todos los tamaños y sectores habrán dejado de operar lo cual es una pésima noticia, pues, es bueno recordarlo, son estas las que tributan y crean fuentes de empleo.
Si bien el deterioro de la economía es de por sí algo muy grave, existen otros elementos que configurarán un entorno desalentador. Así, dentro de un sinfín de problemas, el colapso del sistema de salud, el ahondamiento de la crisis de seguridad ciudadana, la perturbación del proceso educativo, el retorno a la pobreza y la baja ingesta alimenticia de amplios sectores populares, la falta de empleo, asociados a un estado psicológico propio de un país castigado por la muerte de decenas de miles personas, se encargarán de crear un ambiente preñado de crispación, descontento y malestar sociales.
Es posible que para el Bicentenario contemos ya con la vacuna contra el Covid-19, hecho que traerá un alivio emocional que en cualquier caso será insuficiente si se trata de ahogar la indignación popular por las ineficiencias de un Estado mal administrado o de sepultar los casos de corrupción y negligencias ominosas que comienzan a tomar mayor evidencia pública.
En estas circunstancias, la reconstrucción del país requerirá de un gobierno fuerte, creíble, solvente y que tenga la capacidad de convocar, movilizar y liderar a la Nación en pos de revertir una situación de infortunio, todo ello sin contar con los recursos fiscales que en los últimos años se despilfarraron con muy poco pudor.
La tarea que le corresponderá cumplir a la Política pocas veces habrá sido tan compleja y colosal, pues, al nuevo gobierno le tocará unir lo que está fragmentado, reanimar el aparato productivo, satisfacer demandas con poco dinero, sembrar confianza en la tierra de los recelos e inventar las Instituciones sólidas que jamás tuvimos o que se extraviaron en el camino, sin olvidarse de reedifcar la Republica para hacerla más equitativa, ética, inclusiva y moderna.
La elección del gobierno que asumirá esta difícil misión será fruto de la votación popular que se expresará en las ánforas. Como los milagros y la política no siempre van de la mano, los ciudadanos de esta hora tendremos que hacer algo más que rezar para lograr, en democracia, que la nueva Administración sea una que reúna las suficientes capacidades políticas y morales que le permitan resolver con éxito un desafío que se presenta titánico y crucial.
Sin duda, lo peor que nos podría pasar es que la conducción del país caiga en manos ineptas o de aventureros o de políticos que se ubiquen en los extremos, pues, a las dificultades ya existentes únicamente añadiríamos encono social, polarización y desgobierno.
Entonces dependerá de las fuerzas políticas y del pueblo peruano hacer que las celebraciones por nuestro Bicentenario tengan como fondo musical ya sea un himno de victoria triunfal o bien una marcha fúnebre, como lo puntualiza mi amigo, el gran poeta Rodolfo Dondero al comentar mi anterior artículo.