Punto de Encuentro

López Aliaga: El casto contra la casta política

El fujimorismo ha sido, durante los últimos 30 años, la alternativa de derecha autoritaria y populista dentro de la política nacional. Su posicionamiento político, su naturaleza antipolítica (nunca fue un partido, de hecho ellos era todo lo contrario a un partido, eran una corriente o tendencia, por ello se constituían en alianzas distintas, característica que comparte con el fascismo y su carácter de movilización permanente) y los logros parciales de la década del 90 fueron fundamentales para consolidar un espacio necesario en el espectro político[1]. Con la caída del gobierno de Alberto Fujimori, un sector político antifujimorista tomó las riendas del Estado. La dicotomía no era sobre proyectos nacionales, sino desmontar el Estado creado por el fujimorismo y democratizarlo. En ese sentido, aparecen fuerzas nuevas y se reconstituyen partidos históricos en un esfuerzo por darle cierta institucionalidad a precaria democracia peruana. En este nuevo escenario, desde la renuncia de Alberto Fujimori, el fujimorismo es un barco que va dando tumbos y la derecha peruana se quedó sin representación política: claramente Keiko no tiene ninguna de las virtudes pero si posee todos los defectos del padre.

Por ello, es necesario preguntarnos, Quo vadis derecha. «Quo vadis Domine» (¿A dónde vas, Señor?), la famosa pregunta que le hace Pedro a Cristo, es, quizás, la cita más apropiada para responder a esta cuestión. Las raíces históricas de la derecha están en su visión antropológica o metafísica, su tendencia al conservadurismo moral y la presencia de valores trascendentes. Es imposible, en tal sentido, negar la importancia de la Doctrina Social de la Iglesia en la construcción de un proyecto político laico y temporal en el caso de las formaciones socialcristianas. En Perú, como en tantos países, la derecha se vendió al liberalismo económico y a su extraña alquimia (aquella famosa “mano invisible” que, sucedáneo de Dios, regula la vida en sociedad). La doctrina de los partidos de derecha no son las encíclicas de Juan Pablo II o Benedicto XVI (el Papa Francisco es peronista de izquierda), sino la visión sesgada y reductiva de la Escuela de Chicago (no se esforzaron por entender, ni siquiera, la Escuela Austriaca). Nuestros Chicago Boys lorchos son la intelligentsia de la derecha política peruana contemporánea.

En este contexto de desorientación programática y de la influencia nefasta de la racionalidad económica aplicada a la política, aparece un candidato que no tiene miedo en mostrar su visión del mundo y sus valores, incluso yendo a contracorriente y sin evaluar el costo político de sus opiniones. Porque López Aliaga no habla para la tribuna, el habla lo que siente y piensa. No le importa quedar bien, no es “políticamente correcto”. Y lo que muchos denominaron como el Trump peruano es, sin dudas, un aire fresco en la mohosa política peruana, donde los eufemismos de la caviarada son necesarios para no dañar los frágiles oídos de la hipersensible generación de cristal.

La principal virtud de López Aliaga ha sido identificar los cuatro grandes enemigos del país:

1.- La hipocresía de la izquierda caviar, aborto deforme de Paniagua y García Sayán, bautizada por Toledo, empoderada por los Humala, cobijada por Mendoza y el cura Arana. Estos sinvergüenzas, falsos sacerdotes que pretenden ser la esencia de la moral pública, ridículos revolucionarios de cafetín, parásitos y argolleros en sus universidades ideologizadas e ideologizadoras, han llevado al país al desastre económico y sanitario.

2.- El empresariado mercantilista proponiendo, como alternativa, la construcción de un capitalismo popular (¡te faltaron buenos reflejos Hernando!)

3.- La prensa mermelera, que prefieren darle cobertura al cobarde de Guzmán o al mediocre de Forzay. Obviamente prefieren candidatos dóciles y domeñables. La sola presencia de López Aliaga los intimida. Sienten en el cuello, como un frio cuchillo, la próxima ley de medios.

4.- Necesidad de un proyecto nacional. Aunque la prensa mermelera y los caviares lo ven como un Trump andino, López Aliaga es un católico militante. La Iglesia postconciliar apostó por convertir a la grey en una masa optimista, que promueva la importancia de los valores y las formas, el respeto a los derechos humanos, el mensaje ecuménico, etc. López Aliaga, en este aspecto, es un católico tradicional. La reconciliación, mensaje caro para la Iglesia hoy en día, no pasa por aceptar a todos sin importar sus ideas. Todo lo contrario, se valora a las personas por su condición de personas y su dignidad inherente, pero jamás se aceptan ideas que vayan en contra del hombre mismo (la promoción de la denominada cultura de muerte).

¿Qué le falta al casto López Aliaga para ganar? Considero que está muy confiado del voto evangélico y del voto católico, lo cual puede interpretarse como una mala lectura del voto de los colectivos religiosos en la historia política peruana. Ningún partido católico pudo aglutinar el voto católico ni tampoco ningún partido evangélico pudo capitalizar el voto evangélico. Sin dudas, tendrá el apoyo de sectores importante de estos grupos, pero serán insuficientes para pasar la valla y a la segunda vuelta. Podría considerar, como estrategia, generar una radicalización progresiva hasta fines de la primera vuelta. La primera vuelta sirve para polarizar, siguiendo la visión de que la política tiene una dimensión agonal. En segunda vuelta, más bien, debe surgir el estadista que tienda puentes con fuerzas afines. Parte de esta estrategia disruptiva es empezar a pechar al gobierno, a los candidatos del gobierno, al inmoral Martin Vizcarra, al comunismo de género de Mendoza y el falso ambientalismo oenegero de Arana. También, puede ayudar a su campaña, alinear a los medios de comunicación independientes y alternativos para que la población pueda saber la verdad en medio de una marea de psicosociales y de fake news. Señor López Aliaga, es posible que usted sea el hombre providencial que el país necesita en medio de esta desgracia nacional. Déjese ayudar.

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