Si por el título de esta columna el apreciado lector se imagina que he dejado la vocación abogadil para instalar un salón de belleza, se equivoca de principio a fin, pues lo único que pretendo en el título es condensar en una corta frase la materia de este artículo, que no es otra que hacer notar las contradicciones de quien lidera la lista presidencial de Juntos por el Perú.
En efecto, la persona a la que nos referimos se muestra, por cuanta localidad visita, como un campesino andino con sombrero chotano, tal cual Pedro Castillo, en burda, aunque no creíble, imitación, pues su origen es de la cercana costa norte y su domicilio, nada menos que el distrito más que exclusivo de San Borja.
El plan de gobierno que presentó y registró ante las autoridades electorales, con setenta y cuatro páginas en letra menuda, no se trata de una improvisación, sino que fue el resultado de la labor de diversas personas de diferentes especialidades, aunque de similar tonalidad de extrema izquierda. Contiene, en realidad, su pensamiento y lo que pretende hacer con el Perú, o sea, llevarlo por la senda que tomaron en su momento la Bolivia de Evo Morales, la Cuba de los hermanos Castro, la Nicaragua de Ortega, así como la Venezuela chavista de Maduro.
El hecho de hacerle modificaciones extemporáneas a dicho plan, y que ellas sean calco y copia de los planes de otras agrupaciones políticas, de modo alguno lo mejora, dado que a leguas se advierte que tales cambios son para hacer el plan más potable a los sectores que aspiran a mantener al Perú en democracia, recuperando su crecimiento, desarrollo y bienestar, así se haya perdido mucho de ello en el último decenio por la inestabilidad política que hemos soportado estoicamente.
El mismo candidato presidencial dejó de presentarse en público con personajes que lo anclaban más en la izquierda extrema, como, por ejemplo, el principal condenado por el Andahuaylazo de enero del año 2005. A ese tipo de personas sustituyó en sus presentaciones públicas por algunas otras, más conocidas como “caviares”, esto es, de tonalidad rosada, con aspiraciones a poner más intensidad al color.
Por supuesto que las nuevas juntas no pueden sustituir la imagen de las iniciales y nadie, en su sano juicio, va a creer que, por obra divina, el candidato cambió de la noche a la mañana, sus planes se volvieron más moderados y sus juntas menos reprochables.
Para colmo, se presenta como hombre de Estado, pero hay que recordar que, cuando fue ministro de Castillo en la cartera de Comercio Exterior y Turismo, fue un desastre, al igual que en la presidencia de la comisión parlamentaria para hacer el seguimiento al puerto de Chancay, en que, fuera de acrecentar los egresos del Congreso, no hizo absolutamente nada.
Si bien las elecciones nos hacen a todos iguales, no lo somos para el ejercicio de la función pública, en que se requiere de determinadas calificaciones y requisitos. En cuanto a los o las candidatas a vicepresidentes de la República, se eligen para sustituir a quien ejerza la presidencia en caso de vacancia, la que puede ser hasta por muerte o incapacidad física.
La trenza y chapas naturales de una de las candidatas, obviamente, son para buscar el voto andino, pero es claro que carece de otros requisitos para el desempeño presidencial, de ser el caso.
Estamos, pues, ante calcos, copias, imitaciones y maquillajes que no pueden esconder la penosa, cruda y peligrosa realidad.