Sin la capacidad que tiene el ser humano para matar a sus semejantes, no existirían las historias que conocemos. En ese par de líneas, R. Koselleck, un eminente historiador alemán, parecía resumir lo que en esencia somos todos nosotros: seres potencialmente violentos.
En la historia del Perú, los mecanismos de la fuerza bruta son elementales, tanto que a veces ni les prestamos atención. Esta vez quiero escribir sobre el más fundamental de esos mecanismos. A saber, el primer requisito para que se concrete el acto violento es ver al otro como no humano. Ser un ser humano nada tiene que ver con tener que aparentar ser uno: la humanidad se define por la visión del que observa al otro; es, en suma, una construcción discursiva.
De la misma manera, como el lenguaje puede crear al ser humano, también puede hacer que un hombre, una mujer o un niño se transformen en animales con el fin de no tener reparos morales al momento, de llegar el caso, de hacerles daño. En ese rol, el insulto que animaliza resulta fundamental. Mis alumnos no me creen cuando le doy tanto poder al lenguaje pero parecen convencerse cuando hago la simple pregunta futbolera: ¿Cómo le dicen los de la Alianza a los de la U? y los aliancistas con mucho orgullo gritan: gallinas. Ahí está, respondo: esa es la clave de la violencia. Así como un joven estudiante puede convertir a su prójimo en animal por un asunto tan trivial como el fútbol, que imagine el lector lo conveniente que le resulta a las religiones y a las ideologías animalizar a los otros con tal de tener el escrúpulo necesario para el uso de la fuerza asesina. Durante los siglos XVI y XVII decirle al indio perro era una forma literal de deshumanizarlo: lo he visto en cantidad de papeles; cada vez que un blanco profería el insulto canino, al indio le llovían palos o azotes o lo ponían en el cepo o lo llenaban de cadenas.
A la inversa, los indios cristianizados aducían que sus malos caciques eran bestias demoniacas por haberse alejado de Dios y que por esa razón cometían toda serie de violencias hacia sus congéneres. Dicen que cholo significa perro y que mulato viene de mula, lo que explica el por qué la mezcla fenotípica virreinal era vista como un acto de violencia atroz y es que la humanidad y el orden divino se entendían degradados. Recientemente, Sendero Luminoso no se cansaba de crear la imagen del perro traidor al cual no se le tenía ninguna misericordia. Pero también hay que leer el Informe de la CVR para ver como los citadinos llamaban gusanos piojosos a los desplazados por la violencia o leer la tesis de Carmen Escalante sobre la violencia en Huancavelica de los 80s para saber que entre los comuneros dejaron de verse como runas y que unos —como hechizados— terminaron viendo a los otros como perros a los que se mataba con rigor.