Este mes la escena internacional se ha visto convulsionada por los amagues independentistas de Cataluña y la aplicación, por primera vez en España, del polémico artículo 155 de la constitución, que en la práctica implica una intervención de gobierno de Rajoy sobre la Generalitat Catalana. Este desbarajuste político sirve de telón de fondo a la celebración por los 40 años de los pactos de la Moncloa, aquel gran pacto de las diversas fuerzas políticas: franquistas, liberales, socialistas, comunistas, moderados, independentistas etc. para ponerse de acuerdo sobre la política económica que sirvió para el impresionante despegue económico español experimentado hasta la crisis de 2009.
Y es que la transición española iniciada en 1978, tras la muerte de Francisco Franco, la restitución de la monarquía y elecciones libres fue vista por muchos intelectuales y políticos como un ejemplo de democracia y diálogo por constituir las bases de un desarrollo con justicia. Esa transición y el periodo que le siguió constituyeron un régimen caracterizado por el desarrollo una economía de mercado, un modelo político bipartidista y el Estado Bienestar.
El Perú también pasó por muchas transiciones, siendo la transición de Paniagua la última más importante y que ahora su espíritu es revivido por políticos y aspirantes a políticos, para remarcar su discurso centrista. No me equivoco cuando digo revivido, porque el espíritu de la transición ha muerto hace tiempo. Esos aires justicieros, esa esperanza reformadora pronto fue sepultado, digámoslo claro en el gobierno de Alejandro Toledo quién tenía la misión de realizar esas profundas reformas y democratizar más al país.
Si bien en la transición se investigaron y juzgaron a militares, medios de comunicación, fiscales, empresarios, políticos, gente con muchísimo poder. Hoy hemos vuelto a la situación anterior con el más escandaloso caso de corrupción denominado Lava Jato y donde se envuelve a la todopoderosa constructora Odebrecht, pero carentes del mismo espíritu justiciero.
Pero que el fujimorismo haya sacado la mitad de los votos en las elecciones del 2016 y lograra ser la primera fuerza de oposición con más de 70 congresistas en el parlamento, es sin duda el signo más evidente que la transición, que se suponía superaba ese régimen, ha fracasado. Urge la necesidad de aplicar reformas profundas, urge llegar al consenso político, urge que las élites y el pueblo se reconcilien. ¿Acaso todo eso lo haremos reviviendo el espíritu de la transición fracasada cómo nos quiere endosar ese oxímoron llamado centro radical?
El régimen del 78 español, trata de sobrevivir al quiebre de sus bases constitucionales: la unidad con autonomías regionales y el acuerdo político. A la transición peruana ya no le queda a que apelar.
Víctor Cárdenas
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